lunes, diciembre 08, 2008

CONSTRUIR Y DEMOLER

Caminar con el morral lleno de sueños, convertir el mundo en una esquina y al ser humano en un ser total; comparar la grandeza del universo con la mínima escala que representamos en el mundo y, a pesar de ello, imaginárnoslo; trastrocar el negocio del terror por el amor para evitar las invasiones y el genocidio; considerar la desproporcionada fuerza de una hormiga o la capacidad del camaleón para hacer que el mundo se vea de su color; comprender y asumir que apenas somos en la medida en que nos inventamos y pensamos y que no significamos más que una libre interpretación de un sueño; asumir que somos finitos y que no poseemos nada; considerar que el tiempo es una percepción continua más que el horadar de los segundos en nuestra conciencia; asimilarnos en el otro porque somos todos para superar ese concepto de alteridad que nos encapsula y nos divorcia.




Convocar, provocar y demoler; para mirar asombrados que aquellas verdades con las cuales crecimos no son más que una de las múltiples vertientes del discurso. Que la vida y el universo están en nosotros como un resumen que recrea y potencia el macroformato; no somos una casualidad; hemos inventado el mundo para habitar nuestros sueños.

Por eso citamos y provocamos, por ello no formamos parte de ninguna secta; somos una comunidad de comunidades de escritores; cada una es el centro, cada quién tiene su propio canon y su propuesta; cada quien habita su espacio y lo fecunda; somos una organización de rizomas; una sociedad de caórticos que lucha por crear otras formas de vivir; pretendemos aquello que suena imposible: integrar la vida en el arte para ello contagiamos e inoculamos el virus de la sospecha y reactivamos el de la imaginación.

Son tiempos de cambios, de demoler el canon impuesto, las reglas, las leyes y las instituciones que nos desvalorizaron que nos impidieron reconocernos en nuestra potencialidad que nos coartaron la posibilidad de soñar con nuestros propios mitos; es el tiempo de la reconstitución de las historias, de los paradigmas y las formas de relacionarnos; que cada quien construya su propia teoría; que se aprovisione de sus más preciados sueños que comenzamos la travesía de la incertidumbre y el apertrechamiento propio; no existen ni maestros ni iluminados lo único que se presenta en el espacio-tiempo son las oportunidades y el silencio; la propuesta y la construcción de nuevas sensibilidades; no queremos festinarnos este cuerpo azul celeste que vaga por el espacio; no tendremos otra oportunidad.

Para ello es preciso que se extienda la magia hacia todos los rincones, que la fuerza nos permita desarticular los negocios funestos y nos impulse a reconsiderar el camino; que nuevos vientos arrecien en contra de los saqueadores financieros para que las posibilidades de vivir bien sean ciertas; estamos aquí nuevamente como hace miles de años, con la misma pasión para recorrer el mundo, para asombrarnos de la levedad de las ensoñaciones y la profunda huella de las pesadillas.

Somos todos los senderos que nos llevan hacia el exilio voluntario y todas las voces de los que nos quedamos; todas las visiones que nos permiten creer en el ser humano; no estamos y nunca nos hemos desencantado; no hemos renunciado ni pretendemos retirarnos del escenario de la palabra porque nuestra es la vida[1], como diría uno de los espíritus más vigorosos que está con nosotros y nos acompaña; porque tanta vida y jamás...[2] como aseguraría otro; tenemos la certeza de que no inauguramos nada; que nadie pretenda la consagración porque el festival de incensarios está en otra parte; que nunca nadie ose determinarnos las consignas tenemos las nuestras, aquellas que nos permiten batallar por la subsistencia sin declarar jamás la derrota a pesar de morir en los suelos baldíos de alguna urbe con pretensiones cosmopolitas; somos y seremos como la paja de páramo que vuelve a crecer –aún a pesar nuestro-.

Esta propuesta es el resultado de un largo trajinar; de una serie de eventos fallidos y de libros nunca publicados; en nuestra bitácora de sueños está la magia que habita en todos nosotros; tenemos la fuerza para continuar en la creación del hipertexto; con las voces de aquellos que nos precedieron y con el violento despertar de todos aquellos que transitarán después de nosotros.

A pesar de todas las provocaciones, los olvidos y las ausencias; o por esos mismos síntomas persistimos, no cejamos en nuestro empeño; que los textos se los lleve el olvido o la reluciente mirada del asombro; pues la poesía no camina de la mano de los profesionales de la palabra; está en todos nosotros y nosotras.

Que así se mantenga.

Quito, 28 de noviembre del 2008



[1] Poemario de Rafael Larrea. Quito, 1943-1995
[2] Antología poética de Alfonso Chávez Jara. Riobamba, 1956-1992

lunes, octubre 06, 2008

AL PIÉ DE LA LETRA

Elking Araujo
PREMIO Aurelio Espinosa Pólit, 2008


En medio de la constelación de luminarias que han obtenido el “Aurelio Espinosa Pólit” inscribe su nombre Elking Araujo. Desconocido en medio de la farándula literaria, conspirador a sueldo en contra de la Endémica Academia de la Lengua, con un libro más fresco que la Constitución elaborada entre expertos españoles y los insobornables e inclaudicables ex revolú de las décadas de los 70 y 80; con un humor que recrea la capacidad de cuestionar y de reír, de poner en duda hasta la seriedad de los académicos que estudian a esos seres extraños atrapados entre las dos tapas de un diccionario.

Un giro completo a la seriedad de nuestras letras, a la tragedia y a la manera de abordar el relato, una apuesta por la cotidianidad y la ironía, por el absurdo convertido en patrón de vida.

OXÍMORON
Inteligencia militar


Como para recordarnos que vivimos un momento especial de constitución y deconstitución, pues es sobre la base de las palabras que se asienta esta revolución ciudadana donde, obviamente, son los ciudadanos y ciudadanas más ilustrados e ilustradas los y las que hicieron la revolución o la están haciendo. La patria ya es de todos, dicen pero uno no sabe dónde mismo queda la patria y quienes son todos y todas (me imagino). Si solo lográramos configurar en el imaginario de los funcionarios de gobierno que la patria puede limitar con la exclusividad de los barrios amurallados y bien apertrechados o con las calles infectas y la inseguridad de los barrios marginados entonces podríamos revolucionar su burocrática insubordinación contra un orden de cosas que escapa a su comprensión de incentivos y a su política de subordinación a base de subsidios y propaganda. Pero eso es materia de otro análisis pero viene a cuento pues el Elking (oxímoron él mismo) está empeñado en cuestionar a esos libros más sagrados que las cuentas del notario Cabrera:

“Los diccionarios suelen estar precedidos de un prestigio y una credibilidad per se que ninguna otra obra disfruta. Los usuarios admiten la información del diccionario como verdad pocas veces rebatible. Sin embargo, ¿merecen los diccionarios contrastivos, y los diccionarios en general, esta aceptación sin objeciones? (...) pretendo demostrar la falta de veracidad de los diccionarios contrastivos ecuatorianos, debido principalmente a una equivocada aplicación del método de recolección de lexías.”

Es decir que se faja contra aquello que los ecuatorianos y ecuatorianas hemos tomado como una realidad inamovible e incontrastable: la lengua. Casi que nos vendieron la idea de que es imposible atentar contra las normas de la Academia so pena de pasar por incultos (para poner un ejemplo nada más: J. E. Adoum en su best seller Señas particulares hace una aclaración al explicar que pone Amazonía pero que él sí sabe que se debe decir Amazonia, como que los argentinos o uruguayos tuvieran que pedir a cada momento notas de pie de página para decir que ellos escriben como hablan pero que sí saben que se dice no jodas y que, no jodás está mal); pero en fin, que el Elking, luego de una experiencia en los antiguos talleres de la Casa de la Cultura, donde le dijeron más o menos que se dedicara a hacer otras cosas, recrea y renueva la narrativa con un estilo fresco y sugestivo:


EL TIEMPO QUE AMARILLA LAS HOJAS

Sabía que había llegado a la madurez gramatical porque tenía los verbos conjugados en amarillo, los adjetivos superlativos de dureza y los sustantivos antepuestos de perfume y primavera. Solo le faltaba descubrir en qué fruto rojo, azul o dorado se convertirían los puntos suspensivos que encontró al final.


dando cuenta de la diversidad de formas y temas con los que está trabajando la literatura ecuatoriana actual; desmitificando la seriedad postiza y el existencialismo a destiempo y a destajo.

Al pie de la letra, título de su libro es una reflexión sobre esas manidas y masticadas palabras cuyos significados, de tanto usarlos, se han perdido en los pliegues de la desmemoria. Y entonces cobran nuevos significados y adquieren más grandes resonancias,

NOMBRE DE PILA
En cuanto llegó a sus manos, lo abrió y lo revisó. Estaba ensalivado y deforme por las marcas de dientes. Tuvo que admitirlo: su nombre andaba de boca en boca.

Aquellos lugares comunes se vuelven sitios de reflexión para caer en cuenta que nos hemos olvidado de los giros sintácticos propios de los hablantes del Ecuador, que esa forma terrorista de escribir de los años 30 se convirtió en una fórmula para devenir cartel, para rellenar el currículum con la finalidad de ostentar los cargos burocráticos en la esfera de la cultura o para deambular por los alfombrados pasillos de la cancillería en dirección a los cargos a discreción de los gobernantes de turno.

Y entonces no hay las declaraciones líricas de merecido premio para algún ministro multipartidista con incalculable experticia en Educación, o las sorpresas porque desde la lejanía viene algún despistado exiliado a ganar un concursito en tierras ecuatorianas, o alguien más que únicamente le falta el podio en la categoría de teatro y poesía. En fin que el Elking descorre el velo sobre el juego metafórico de la palabra, ese juego siempre de representación y falsedad, de nombramiento y elusión, de nominación y evasión.

Fotografías: Elking Araujo, la primera tomada de su blog Catarnica; la segunda de una página web de un colegio del Opus Dei que mejor no digo su nombre y que tuvo la buena iniciativa de no renovarle el contrato para que se ponga a trabajar en los textos de Al pié de la letra

lunes, junio 23, 2008

La CCE “Benjamín Carrión” en la encrucijada

Los cimientos sobre los que se erigió la Casa de la Cultura Benjamín Carrión están por colapsar; el proyecto hegemónico de una concepción mestiza de la cultura[1] –homogenizante e integradora- debe dar paso a una concepción de la diversidad y la pluriculturalidad. Es en medio de este dilema que entra al debate la autonomía de la Casa de la Cultura.

Como telón de fondo y como contrapartida una revolución ciudadana que se diluye en los estrechos márgenes de la constitución o reconstitución del aparato estatal desde una posición académica muy lejana a la realidad y a la cotidianidad, al imaginario y a los símbolos de lo popular. Un proyecto reconcentrador y organizador desde el centro para convertir a la periferia en el escenario en el cual se cumplan los designios de los planificadores para impulsar el vagón de la patria hacia el desarrollo sobre las rieles del buen vivir –concepto entresacado de la concepción ancestral y agregado a la nueva constitución -.

En qué medida la Casa de la Cultura ha agotado su concepción y su quehacer en estos más de 60 años de funcionamiento. Erigida como la institución desde la cual se reconstruiría el maltrecho orgullo nacional seccionado por la oprobiosa derrota del 41 y aquello que se denomina de manera entre revolucionaria y religiosamente “La gloriosa”, para construir aquella patria pequeña pero con espíritu grande según su mentalizador. Un proyecto estatal e intelectual para que, desde una casa donde se dé cita lo más alto del pensamiento, “robustecer el alma nacional y esclarecer la vocación y el destino de la patria”, en otras palabras refundar el cuerpo de la nación ecuatoriana, generar una identidad y reconstituir las relaciones simbólicas de pertenencia, cuyo eje medular correspondería a la narrativa de la “nación”, sentando las bases y las condiciones institucionales para la generación de una intelectualidad estatal[2].

A pesar de los intentos de los ex impugnadores que se tomaron la Casa de la cultura en 1966 aprovechando la caída de la dictadura, la revolución cultural terminó en una restauración. A partir de allí el derrotero de la Casa de la Cultura ha estado marcado por el auspicio a cierta intelectualidad y a determinados artistas para fomentar aquello que se denominó “identidad nacional”. Pero en la década del 90 aquella visión hegemónica e integradora de la realidad se hizo trizas con el aparecimiento en escena del movimiento indígena como sujeto político y con un discurso propio que cuestionó en esencia al estado y la organización social excluyente sobre la cual, sin advertirlo, se había constituido este país; y reclamó su presencia y su legítimo derecho a participar activamente en la reconstitución del Ecuador. En parte la Constitución de 1998 es fruto de aquella impugnación.

Qué sucede ahora. A partir de aquello que se autodenominó el “movimiento de los forajidos” se deslegitima el régimen de los partidos políticos –régimen auspiciado por la extinta Democracia Popular y aprovechado al máximo por los Social Cristianos-, arriba al gobierno un sector de la pequeña burguesía intelectual y académica que pretende reorganizar el aparato estatal y darle nuevos fundamentos a las relaciones sociales pero sin el acompañamiento de la efervescencia popular, en parte porque no se acomoda al discurso académico y racional y en gran parte porque para los sectores populares el poder es lejano e inaccesible. Como una forma de subsanar ese vacío de apoyo popular (apoyo popular real más allá del folclórico y ritual depósito del voto) se implementa una política subsidiaria para contrarrestar los efectos de la crisis bancaria y del desmantelamiento del aparato estatal, planificado y ejecutado de manera sistemática, en las dos décadas precedentes.

Esa concepción académica que compartimenta, segrega y separa el todo para entender la realidad creó el Ministerio de Cultura separándolo del de Educación. Es decir la cultura entendida como un quehacer específico de los gestores culturales y para ellos creó una plataforma de proyectos a ser financiados. Pero la perversidad de la realidad demuestra a diario que la cultura lo atraviesa todo y está presente más allá de las estrechas paredes de las instituciones que pretenden ser los ejes rectores de la cultura y deviene en alucinantes figuras calcinadas del rock por falta de espacios adecuados para desarrollar sus actos y en propuestas vigorosas de las diversas naciones y pueblos indígenas sobre la recuperación de los símbolos enmascarados en las ritualidades sincréticas de las fiestas religiosas y reclaman la recuperación de sus monumentos históricos a contrapelo de las regeneraciones urbanas realizadas en Quito o Guayaquil donde los indígenas han sido considerados únicamente como mano de obra de lo colonial y republicano pero de cuyas zonas recuperadas ha sido borrada toda referencia a la barbarie ejercida sobre su humanidad para construir esa misma monumentalidad que se muestra ante los ojos atónitos de los turistas de toda laya.

En este contexto no creo que se solucione el problema cambiando únicamente la denominación de la Casa de la Cultura por la Casa de las Culturas sino que es preciso demoler las bases sobre las que fue construida para integrar el arte y la literatura en la cotidianidad de los seres humanos. No es posible que parapetados en el discurso de Benjamín Carrión se den casos tan opuestos como el de los artistas abandonados a su suerte –Bruno Pino nos puede contar su historia arrojándonos su desprecio por los espacios institucionales- en contraposición al auspicio insultante que han recibido ciertos escritores y músicos que ahora están en el gobierno.

La cultura es una constante y abarca todos los ámbitos de la vida; el arte y la literatura en cambio, en este proceso de super-especialización, es realizado por individuos de una “sensibilidad especial”; o eso nos han querido hacer creer, cuando en realidad todos los seres humanos estamos dotados de esa capacidad creativa pero que el proceso de educación y de integración a la producción van castrando para hacer del ser humano un individuo productivo pero no imaginante, un individuo al que se lo mide por la cantidad de cosas que elabora pero no por su capacidad de imaginar.

La realidad actual es muy distinta a aquella que justificó la creación de la Casa de la Cultura; el proceso de globalización y el desarrollo de nuevas tecnologías nos demuestran que el papel del artista como el individuo de sensibilidad exquisita está desapareciendo y, como contrapartida, emerge del anonimato una cantidad increíble de creadores que elaboran otro discurso y otras manifestaciones artísticas por fuera del canon y la regla, por fuera de la academia y las instituciones, en la marginalidad y en el anonimato solo por el gusto y el placer de elaborar sus propios sueños y su propio discurso porque, el que es emanado desde la academia o los medios masivos de comunicación, no les pertenece ni les identifica. Todos los intentos por racionalizar, funcionalizar y uniformar el discurso es desbordada por estos creadores, pertenecientes en la mayoría de los casos a comunidades autogestionarias, a quienes no les interesa el destino de la Casa o del Ministerio de Cultura porque saben y están seguros que los auspicios nunca les llegará y que, en caso de llegar, desvirtuarían la naturaleza de su trabajo.

Esta nueva realidad repliega a ciertos escritores y artistas a refu­giarse en los círculos, a considerarse sacer­dotes que defienden el templo de las hordas salvajes que arremeten contra el arte y la literatura. El templo, símbolo de los iniciados en cualquier culto, al que no tienen acceso los profanos, es el reducto del cír­culo y la representación del poder por delegación de la divi­nidad. Estos nuevos sacerdotes son los detentadores del “saber”, los que poseen “la verdad” para difundirla entre los impíos, los que encarnan el conocimiento y defienden la estructura social, son los cuidadores de la forma porque también ella reviste la jerarquía.

Los rituales de iniciación son actos para demarcar la repartición de los conocimientos; la ocultación está siempre presente en el carácter de lo sagrado y eterno. Demostrar la imposibilidad de cambiar las estructuras es la misión de los sacerdotes, impedir que los fieles o devotos de la divinidad interpelen o cuestionen el orden de las cosas es su tarea fundamental.

Pero la literatura y el arte se presentan en la vida y se expresa en la obra de aquellos que cuestionaron a toda hora, tanto en la cuestión formal como en la concepción del arte, la función de los tem­plos; en los sur­realistas que quebraron con sus propuestas la utilitaria división entre la vida y el arte.

Ninguna manifestación artística puede alcanzar grandeza si no está comprome­tida con la vida no con el templo, no con el círculo; porque no se puede criticar la estruc­tura de poder siendo parte y benefi­ciario de ella.

La propuesta más radical, es destruir el templo, hacer que exista el arte y la literatura entre la espalda y el esternón de cada ser humano, des­mitificar el hecho creador y socializar las técnicas de creación. La crítica no se la hace desde la oficialidad, tampoco desde los círculos de amigos para las publicaciones ni desde la reverencia a la forma, sino, desde una propuesta contraria a la que ha tenido la burguesía (disculpen el anacronismo de la palabra); desde una posición consecuente con las aspiraciones del común de la gente y no en devaneos con los dueños del poder y de la figuración.

Aquellos que se levantaron contra los grupos preciosistas ahora se yerguen como los defensores de lo bello y de los templos; sin considerar que lo hermoso está en la vida no únicamente en la pala­bra, que la esperanza no es bella por estar retratada magis­tralmente en una obra literaria sino, que es hermosa, porque surca el límite que existe entre la resignación y la insubordinación, que la convierte en tirajebe[3] o sometimiento. Eso es lo maravilloso de la palabra, de la literatura, del arte y de la vida.

Es preciso, urgente que la Casa de la Cultura se transforme radicalmente para dar cabida a las múltiples manifestaciones artísticas de los diversos grupos y sectores sociales; basta de sumos sacerdotes que nos dicen dónde está el canon y cuál es la regla; el espíritu de los creadores, la obra de los artistas deberían dar color y sentido a esta revolución cuya obra máxima parece la redacción de una constitución que, de la forma como se la elabora, podrá ser cambiada de la misma manera por algún otro grupo que se suceda en el poder. Solamente si la gente, el común de las personas, se moviliza y se apropia y crea la propuesta será perdurable, de lo contrario, más temprano que tarde vendrá la restauración para escribir la historia con los mismos dueños del poder y de los sueños.

[1] Síntesis asimétrica de elementos indígenas y blanco-españoles.
[2] Polo, Rafael. La narrativa mestiza del Ecuador.
[3] La popular cata pero en el habla de los lojanos, honda según la RAE, pero más cercana al tirachinas (Urug. y Arg.)

Pablo Yépez Maldonado

jueves, junio 12, 2008

JOAQUÍN GALLLEGOS LARA O EL ESTUPOR FRENTE A LA REALIDAD

Nota aclaratoria:



Por la muy difundida y autopromocionada teoría-tesis-sofisma del denominado Síndrome de Falcón, reproduzco un texto escrito hace casi 10 años, sin cambiar nada con el compromiso de actualizarlo más adelante para contestar a tan "sabia" teosofía. Creo que muy pocas cosas han cambiado, en especial la parte pertinente a los "intelectuales".



La búsqueda de la otra parte, el mirar hacia adelante para tratar de encontrar el resto; el mecanismo que permitiese evitar los cadáveres, tan a boca’ejarro, tan cenizos bajo el sol de a perro de todo el Ecuador. Pero; qué hacer frente a la imagen, frente a sí mismo, desnudo e inerme en medio de una sociedad clasificada por la cuna, el dinero y el abolengo. Nada más temerario que asirse de las ideas: Dios debe tener una sabia concepción de los equilibrios; a quien no tiene piernas le provee de alas y fuego y temeridad, porque jugarse el cuerpo en los fogosos campos del avatar político, cuando aún tenía vida, daba la posibilidad de soñar con asaltar el cielo. Ahora, a lo máximo que se aspira es a transformar su olor rancio por los aromas más elaborados de los banquetes, de las curules congresiles.

Nada más humano que aprender a soñar cuando el cielo está tan lejos. Y esa imagen, de centauro del tercer mundo se hará luego novela para terminar en película, para beneficio de su autor o de su director. Pero cuando el cuerpo se convierte en mito, se deja de lado sus contenidos y se lo extrae como simple símbolo que puede significar todo menos lo que fue.

“Joaco” es la expresión más clara, disonante, cuestionadora, interpelante, y humana de los escritores del Ecuador del Siglo XX. No es solamente la actitud como preconizaban antiguos militantes de la palabra y conmilitones de la revolución en desdibujados cafetines, donde la bohemia consumió todo su trapío sin el cual, ahora, se los puede mirar deambulando de institución en institución para alardear de sus antiguos discursos incendiarios; tampoco es solamente el oficio, como el de los disidentes de la corriente anterior que se apuraron a espulgar sus poemas para esperar-esperanzados su admisión en las academias y en los homenajes. ¡Más que eso! Gallegos Lara es el planteamiento irrenunciable de la posibilidad de soñar y soñarse, de elaborar sobre el muñón el más alto proyecto humano sin temor a denunciar la dependencia; ese extraño mal que todavía sufrimos.

Debajo de las procelosas aguas de la conciencia nacional; ahora que se hacen ferias con honoris causas, subyace el discurso afiebrado de Joaquín Gallegos Lara; esas ganas inmensas de rehacer el mundo con los materiales al alcance de la mano; esa desesperada conciencia de conocer las posibilidades ilimitadas que dan el sueño y la mente a pesar de estar en un cuerpo maltrecho. Y que la pasión es el arquetipo de la moral, y que la moral no es un discurso de convento o de viejas logias; y que el amor, ese caos que agita el fuego, no puede ser entendido únicamente desde la razón; y que la patria, ese mapa con todos los colores posibles no es (o no debería ser) una hacienda patibularia. Pero nada. A pesar de haber transitado 69 años desde la aparición de “Los que se van”; se siguen yendo, y no pararán de irse a pesar de los coyoteros, a pesar de la migra, a pesar del alza del dólar: nada detiene este desangre, a pesar de las financiadas campañas electorales; a pesar de los medios de comunicación comprables o vendibles. A pesar de las supuestas armonías y los diversos tiempos. Si no caminamos con nuestros propios pies, o con nuestras manos si es necesario, el Ecuador se dividirá en tantas haciendas cuantos mayorales existan.

El bautizo de sangre ya tuvo su confirmación; ahora estamos en la mayoría de edad; y, sin embargo, nada más lejos de la conciencia creadora; nada más escuálido que nuestro aspecto de país subsidiador de banqueros mostrencos.

Hay una constante en la literatura de Gallegos Lara: la patria. Esa patria estructurada en diversos personajes; nada más amado que esos personajes propios, con acento ecuatoriano, que tienen conciencia sobre lo local como afirmación de pertenencia; los otros, los globalizados desde antaño; los que pretendieron vender el país o ponerlo bajo protectorados de distinto tipo; todavía andan sueltos con su desvarío y su talega de monedas. Antes y después, el sueño; antes y después la conciencia; antes y después la ría con sus panaderos, obreros, y mujeres caminando del brazo del futuro, de la esperanza. Ahora, acaso todo referente sea inútil; pero tal vez por eso sea más urgente su prosa; tal vez, por eso sea más notoria su ausencia. Si no existen referentes es preciso crearlos, es necesario inventarlos a pulso, con el tesón de aquellos que han esperado la vida entera para asomarse al espectáculo del futuro.

¿Es necesario rescatar la memoria de Joaquín Gallegos Lara? Tal vez... para dedicarle algún monumento y explorar el arte declamatorio para alarde de los discurseadores, de los profesionales de la palabra. Tal vez... con la posibilidad de rescatarlo puro, sin contagio posible con las ideologías del pasado, esa ideología de los dinosaurios según nuestros prestigiosos columnistas de los medios de intoxicación. Tal vez... para sacarlo del contexto y convertirlo en símbolo aberrante de teorías novedosas pero incompletas según las cuales la literatura del Ecuador sufre el “Síndrome de Falcón”. O. Tal vez... para hacerlo hablar como viejo oráculo de los obscuros acontecimientos que se avecinan.

Yo creo que no es necesario rescatar nada, que la conciencia y la actitud de Joaquín Gallegos Lara no está en los círculos literarios, ni siquiera en los círculos políticos; está en la tenacidad del pueblo que crea y recrea sus condiciones de vida para transitar la existencia; está en la multiplicidad de actores que tienen su propia voz y que no requieren de intermediarios para hacerse escuchar; está en la poesía más pura que se contrapone al proyecto hegemónico de una transnacionalización salvaje que pretende borrar todo vestigio de lo popular pues no concuerda con el verbo globalizar.


Noviembre, mes de bautizos y derrumbamientos, de gritos alucinantes. El 15 se cumplirán 77 años de la masacre inicial de obreros (que de las de indígenas ya nadie lleva la cuenta); cabalístico número si se es afecto a la numerología; el 16 ya habrán transcurrido 52 años de la muerte del “Cojo genial”; el 9 en cambio se cumplieron 10 años de la caída del Muro de Berlín. Para aquellos que no se dejan llevar por los festejos y los onomásticos el Siglo XX se inició con la matanza de Guayaquil y se cerró el 9 de noviembre de 1989 con el inicio de la caída del socialismo real. Dos hechos; el uno local en el marco de una conciencia que rompía sus relaciones con el pensamiento feudal hacendatario y el otro universal con el cual el capital transnacional lanzó su grito de triunfo sobre el supuesto cadáver de la historia. Pero ni lo uno ni lo otro. La ideología del dominado todavía pesa en las altas esferas de la política y, si el lojano Pablo Palacio trató de desvirtuar la realidad, otro lojano, pero de ascendencia fenicia, pasará a la historia como uno de los artífices que no solo la desacreditó sino que la corrompió, la desequilibró, la endosó, la desfinanció; es decir, hizo de la realidad ese pastiche que se llama crisis; y que constituye el drama amargo de todos los días ahora matizado por el parto de los volcanes como confirmación de nuestra condición telúrica, ígnea.

Es necesario hacer una distinción entre el hombre y el símbolo. Joaquín Gallegos Lara es la imagen misma de la realidad ecuatoriana. Mutilado y en medio de la angustia existencial de afirmarse sobre bases inexistentes. Pero también está el otro lado, esa capacidad para fantasear y hacer, de nosotros mismos, ese imaginario lleno de héroes anodinos y fabulosos, ingenuos hasta el desparpajo.

A Joaquín Gallegos Lara, capaz de decir que en “Nuestro infeliz país, toda alegría se la robamos a alguien. ¡Aquí no podemos ser dichosos sin ser canallas!”, lo queremos, entero, sin que se convierta en el tótem sagrado, en el icono vacío; sin que pretendan acomodarlo en el altar patrio al lado de los héroes, los santos o los mártires. Es el intelectual atento a la realidad del país; el que pretende indagar las causas y exponerlas, sin el maniqueísmo fácil que impide al lector acercarse a la obra. Es el crítico que discute tendencias, lúcido y frontal, sin que la militancia partidaria le impida confrontar puntos de vista; es el político que cuestionó la corriente browderiana a pesar de estar en minoría al interior del aparato político. Pero, sobre todo, es el recreador de la realidad, sensible y apasionado que retrata al Guayaquil de inicios de siglo y que pone en escena al intelectual como testigo para que cumpla su cometido. Ese mismo intelectual que devendrá en víctima, en protagonista incomprendido, cuando la pequeña burguesía tenga acceso a espacios del poder; tanto como para exigir su derecho a estar en otra realidad, a esperar que, a su retorno, el común de los mortales pueda comprender sus complejas elucubraciones teóricas y estéticas. Hasta devenir en el desencanto; es decir, la confirmación por parte de nuestra romántica intelectualidad de que la realidad es más extraña y ajena que nunca; y, que a pesar de todos los esfuerzos civilizatorios, es imposible concretar los sueños.

Luego de un siglo, el ciclo de la literatura ecuatoriana se cierra casi con el mismo espíritu; el escritor encerrado en su torre de marfil alejado de la cotidianidad ramplona del ciudadano de carne y hueso. La posmodernidad, que recupera el mito de Narciso, es el espacio que permite justificar esta actitud. Pero la realidad es más terca que la belleza individual y si frente a Narciso se levantó Némesis para castigar tanta arrogancia; en América Latina y en los países dependientes existe una corriente subterránea que incorpora a los nuevos actores, a los nuevos protagonistas. Es la expresión de la pluralidad; nadie pretende representar ni expresar las opiniones de los demás; que cada quién tome el espacio que le corresponde para completar el rompecabezas de los actores sociales. No existe la necesidad de hablar por los demás; la expresión más clara es el papel asumido por los indígenas en nuestro país; es impensable que en el futuro se puedan realizar los famosos diálogos nacionales sin su presencia. Hace setenta años la realidad fue otra. La necesidad de descubrir al país, de retratarlo de cuerpo entero, impulsó a los intelectuales de aquel tiempo a tomar la palabra en nombre de los demás. Tal vez, ese desplazamiento, explica su nueva actitud; perdido su protagonismo el intelectual se ha refugiado en las ONG's como mediador en el diálogo entre la sociedad civil y el Estado, cumple el mismo papel de los apuntadores en las obras teatrales, sabe el texto y el desenlace pero no conoce al público pues están de cara a las escenas creadas por su pluma y de espaldas a las reacciones que provocan sus intervenciones.

No es casual que se pretenda recuperar ciertas tendencias y dejar en el olvido otras; en el debate ético y estético no existen actos gratuitos; la ingenuidad ha dado paso a la más profunda sospecha. Luego del boom petrolero y un mini boom literario en nuestra comarca, la disputa por los micro espacios de poder al interior del aparato estatal, en el sector de la cultura, se han agudizado. Es que la vía "democrática" del neoliberalismo exige construir la apariencia de amplios consensos. Para ello, son importantes los espacios culturales para revestir de racionalidad y belleza a un proyecto que carece de solidaridad y entiende, únicamente, las razones de la rentabilidad y la ganancia. No es contradictorio por lo tanto, frente a esta realidad que los intelectuales participen en "las sabatinas del poder"; no solo en este régimen sino en todo este largo trayecto de transformación del Estado, desde la dictadura hasta el gobierno de las armonías y de los descarados subsidios hacia la banca.

Pero también es cierto que existe otra corriente; aquella que da continuidad a un proyecto popular, alternativo, creativo, solidario, múltiple, polifacético y lúdico que recoge la tradición de los grandes de la literatura y el arte en general para ejercitarlo en los espacios anónimos de lo cotidiano. Y, debajo del vacío cascarón de las formas, emerge fantástica una conciencia que se nutre de la cosmovisión andina sin negar los aportes del pensamiento crítico occidental; recoge la tradición solidaria y la práctica colectiva; incorpora el colorido y las múltiples escalas en esa mágica partitura que constituyen los diversos pisos ecológicos, sociales y culturales.

La literatura y el arte para ser tales, deben ejercitar una especie de revolución permanente. En la década de los treinta, en contraposición a la visión del indio, del montubio, del campesino y del obrero desde el punto de vista del patrón o patrono; se puso en escena, a los mismos personajes, desde la perspectiva de la intelectualidad pequeño burguesa, comprometida con un proyecto político y social que irrumpía en la historia nacional para disputar espacios al clero y aún a los liberales.

Noviembre, mes para hacer balances, para depositar ritualmente las cruces sobre el agua o hacer un festival con otro ladrillo en el muro de Berlín.

"Porque se va el montubio, los hombres ya no son
los mismos. Ha cambiado el viejo corazón
de la raza morena enemiga del blanco.

La vitrola en el monte apaga el amorfino
tal aguaje largo los arrastra el destino
los montubios se van pa'bajo del barranco."

Los que se van, el libro que, según Benjamín Carrión, le permitía presentar algo nuevo de la creación ecuatoriana en sus tertulias literarias en el extranjero, fue calificado como "crudo, brutal, exagerado y pornográfico"; según los críticos de esa época, que no difieren mucho de los actuales.

Joaquín Gallegos Lara en cambio, como oposición y contrapartida, saluda el aparecimiento de la narrativa de Jorge Icaza y afirma que ”Es bajo el signo del crecimiento del movimiento de las clases trabajadoras que se realiza el avance literario. Los escritores jóvenes conscientes, influidos por la lucha nacional revolucionaria de las masas populares, no quieren seguir siendo los serviles instrumentos de las clases dominantes de su país y del imperialismo extranjero, como sus antecesores en las letras lo han sido, y abren los ojos y se enfrentan a la realidad y se enfrentan a la vida con auténtica fuerza humana”

“Las novelas de Icaza no son falsas. Son la auténtica expresión de nuestra realidad humana. ¿Os espanta el cuadro? Debierais avergonzaros de ser los domésticos letrados de la clase social que es capaz de cometer los crímenes cotidianos que Icaza narra y que por más polvo que queráis levantar no podréis ocultar. La explotación bestial a la que se somete al indio desde la conquista, después de haberle robado todas sus tierras es innegable. No debe haber ocurrencia más idiota que aquello de que debemos ocultar que esto existe (...) para que la burguesía extranjera no se asuste y venga a viajecitos de turismo, creyendo que todo en el Ecuador son lagunitas de Otavalo y prostitutas pintadas en la calle Machala de Guayaquil. No, majaderos y lacayos: Ecuador no es un país de turismo sino de tragedia.”

Para completar esa valoración del quehacer literario de su tiempo, con toda la fuerza y honestidad que le daba su estatura moral es capaz de señalar que, por su parte ha podido "anotar una cuestión que es quizás sustancial en Icaza (...) no percibe la psicología del pueblo indio, no es capaz de penetrar en la intimidad del alma india, y por ello, con raras excepciones, sus escenas son siempre de afuera para adentro. Los actos del indio, su fisonomía social son esas, en verdad. Icaza no cambia nada. (...) Pero ¿Lo de adentro? ¿Qué piensan, qué sueñan, cómo aman, cómo se acercan con ternura a los hijos? De esto no sabemos nada.” Eso lo dijo hace 63 años y aún estamos sin conocer esa realidad que impide integrar nuestro espíritu nacional; porque sin ellos será imposible completar nuestro ser.

Y, para hacer más visible su actitud frontal, aquella que impide entrar en los círculos báquicos de los contemplativos, le dice a Raúl Andrade, uno de los periodistas más notables que ha tenido nuestra pacata prensa, con motivo del pedido que este hiciera para que “aunque sea se abalee al pueblo, con tal de impedir que Velasco Ibarra llegue al poder”:

Raúl Andrade era el espíritu de la neblina, que se enreda en los techos y desdibuja en las calles, en las tardes encharcadas de Quito. Soñaba como un noruego y escribía como un francés. Sin duda para muchas almas románticas habrá sido un cruel desengaño hallarlo en el papel de carabinero. (...) La razón que el da no son, naturalmente las escasas ayoras y el mal rancho, inherentes al oficio. El habla de un planazo que le arrearon los velasquistas el año 35.
¿Tanto rencor por un planazo? ¿O es que se lo acertaron en los ojos y lo dejaron ciego ante la realidad del Ecuador? ¡Asegura también que teme por la tranquilidad de las familias; como si fuera una vieja solterona, él que fue un bohemio!”


Parece que cambian los personajes pero no las circunstancias. Hay tanto que decir en el Ecuador y tanto silencio cómplice. La calificación de intelectual se ha convertido en el requisito indispensable para entrar en el baile de las donaciones, de los financiamientos.

¡No!, para decirlo como Machado;

“No quiero cantar ni puedo
a ese Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar”

No es posible rescatar a Joaquín Gallegos Lara únicamente desde la perspectiva de la literatura o de la política; es necesario entenderlo en la pasión, en esa capacidad para cuestionarlo todo; para asir la historia y las condiciones con las dos manos; para vivirla intensamente ya sea desde su puesto de vendedor de boletos o inspector de canteras. Nada es ajeno a su espíritu sensible. Incluso el amor llegó para envidia de los que se suponen elegidos, predestinados. Yo no quiero al héroe ni al personaje, quiero al hombre, con todos los equívocos que pudo tener, pero sobre todo con la valentía suficiente para arrostrar su destino, actitud que les pesa a aquellos intelectuales que escriben desde sus mullidas sillas y respaldados por nombres de plástico. Toda obra responde a las necesidades de la época. Y los grandes gestos corresponden a los iluminados. Qué contraste con la actitud pueril e impúdica de quienes hacen sonetos a las armonías y a los tiempos. Debe ser que por haber sido secretarios todavía les hace falta el jefe que les dé la pauta.

Pablo Yépez Maldonado
Quito, 11 de noviembre de 1999

Ilustración y fotografía de Guayaquil (noviembre de 1922) tomadas del Diario El Universo

miércoles, junio 11, 2008

UN TRANVÍA LLAMADO DESENCANTO

El 16 de enero de 1994, con grandes titulares, Raúl Pérez Torres, en el diario El Comercio, describió las características y las circunstancias de "La generación del desencanto". A pesar del bautizo masivo nadie -hasta el momento-, ha renegado del nombre ni de sus connotaciones. "Una Literatura de la ambigüedad, de la angustia, de la incertidumbre, del desencanto del hombre y de sus instituciones, una literatura que, sin embargo, busca la identidad perdida, la inocencia, el gesto, el otro rostro de una existencia urbanizada y encementada."

¿De dónde proviene el desencanto? En 1988, año en el que la socialdemocracia ganó el gobierno –“por una nariz”-, al populista Abdalá Bucaram, se realizó un encuentro denominado "Cultura entre dos crisis"; en donde se exaltó a los veteranos reductores de cabezas y se puso al día su iconoclastia, su irreverencia y su capacidad de seducción en los puestos de administración cultural. Desde la otra orilla (hay algunos que niegan las orillas, el río y la realidad entera), Rafael Larrea, decía: "Mientras estemos vivos, hablaremos. Y muertos también. No hemos nacido para morir. (...) No habrá jeques ni alfombrazgos si no hay poetas que se inclinen ante el rey de pacotilla."; en su postrer intento por rescatar el poder de lo irreverente: "Fuimos y somos enemigos de los opresores, de los falsos estetas, de los falsos poetas, de la mediocridad y el servilismo." En ese año los entonces jóvenes integrantes de los Talleres Literarios se sentaban a la mesa de los conferencistas para señalar que ya no pretendían reducir cabezas pues, "el tiempo nos ha ahorrado el trabajo", y cuestionar acre e irónicamente la actitud burocrática y la retórica de papel de algunos de los desencantados.

La condición desencantada se presenta como una posición extrema, la única factible entre el decoro, la honestidad y el oficio del intelectual. Parece imposible, para la generación que teorizó la revolución, dejarse de mirar en el espejo de la derrota, les resultó más fácil recrearse como personajes de novela o escribir prólogos, o disculpas que asimilar sus engendros:

"Pero no, el tiempo no ha vuelto; ha girado, sí, pero en una espiral. Hoy parece lo mismo pero es diferente. Alfredo, el ideólogo, el caracterizado representante de la cordura y el saber revolucionario, el que apoyaba a Fabián en el propósito de organizar un movimiento popular, de verdad popular; el que había luchado hasta el fin contra los exaltados que desconfiaban del pueblo y abogaban por las guerrillas; el que se oponía a los soñadores de poemas afirmando que la palabra cultura sólo tiene sentido cuando es coreada por las masas; el que mil veces había hecho oír su voz de barítono sobre el aullido insensato de las asambleas desenfrenadas y noveleras; el sabedor de todos los vericuetos de la dialéctica y de las trampas de la estrategia, él tampoco es el mismo: el tiempo y el cansancio le han hecho otro; ha devenido sociólogo, experto en textos consagrados e inquisidor de falacias, desvíos y herejías. (...) Ha terminado detrás de un escritorio, arrimado en el respaldo de su sillón, con aire de tonto solemne, revolucionario jubilado, leyendo y escribiendo Informes Importantes, dictando cátedra de materialismo histórico en la Universidad y creyéndose capaz de diagnosticar el error táctico de los que pregonan su hambre exhibiendo carteles en la puerta de la fábrica cerrada; ex-defensor de la vinculación con los obreros, ex-opositor de la alternativa terrorista, ex-orador de motines y asambleas; ex-disidente, ex-preso, ex-liberado, ex-sinempleo, es ahora funcionario de alto nivel técnico, con libre acceso al despacho del señor ministro, asesor y hombre de confianza, intelectual de izquierda, solemne porquería."

Fernando Tinajero. El desencuentro.


El escritor se arrogó funciones de Demiurgo, se convirtió en el Dios inmisericordioso capaz de arrojar del paraíso a sus criaturas más amadas.

"No hemos sabido perseverar, nos hemos dejado llevar por la comodidad, por lo más fácil, hemos buscado pretextos para dejar de actuar, hemos caído en la trampa y muchos hemos abandonado el país porque era un país de cerdos y hemos viajado a Europa porque allí sí nos entienden y alaban nuestra finura y nuestra inteligencia, e inclusive podemos pescar una francesita descuidada para elevar nuestro status. (...) No hemos roto nada. Generación de la pose. Hemos salido de los brazos de mamita para buscar otros más débiles. Seguimos siendo tan mediocres como nuestros padres. La vida del mediocre es lineal, simple, incapaz de transgredir normas (a lo más enmascararlas) de romper reglas, huele a devocionario, a pan guardado, no tiene alternativas, se va engordando de las vulgaridades cotidianas, de su falta de pasión, de esa monotonía asquerosa de tres comidas diarias y pasta dentífrica, suprimiendo quizá la pasta dentífrica, a fin de demostrar que no somos iguales. De comunistas hemos pasado a consumistas."

Raúl Pérez Torres. Teoría del desencanto.

La literatura se convirtió en el campo virtual de la revolución donde fue posible instalar a los existencialmente atormentados héroes, incapacitados para romper su dependencia vital e intelectual. A falta de héroes reales, la novela se alimentó de la imagen del intelectual-centauro y lo convirtió en el héroe; héroe que siempre osciló entre la incomprensión de las masas, del partido, de la familia, del mundo en general. No es nada extraño que los héroes abandonen su papel (o la patria), aspiren estar más maduros para comprender este país iridiscente o a la espera de que cambie la realidad para que tengan cabida todos sus sueños.

"Elegimos un camino pero no llegamos a recorrerlo, ni siquiera dimos el primer paso, nunca llegamos a existir. Todo fue un simulacro, entiendes; una representación que sustituyó a lo real y que la vivimos como si fuera la propia vida... la tragedia de los actores que ensayan una, dos, tres, cien mil veces la gran epopeya y mueren el día anterior a la primera representación real... (...) Fuimos los héroes, los mártires anónimos de una guerra que nunca se dio, de una causa que nadie llegó a conocer... No, no existió la dinamita social... Fuimos la pólvora que explotó solitaria... Oh, el doble ascetismo de la muerte... Morir sin haber existido jamás. Somos los nonatos (...) los nonatos de la revolución."

Alejandro Moreano. El devastado jardín del paraíso.

La autodenominada "Generación del desencanto"; maneja una propuesta estética desde la derrota, refuerza la constatación de la imposibilidad de cambiar la historia. La mayoría de sus integrantes participó o simpatizó con los movimientos titulados revolucionarios que luego cayeron en la orfandad al derribarse el Muro de Berlín. Una literatura de la nostalgia y el recuento, de la lamentación. Los géneros preferidos fueron la novela, el cuento y el ensayo; en los inicios de su actividad literaria se sumaron a la corriente transformadora que recorría América Latina, en sus estertores, su discurso lo desarrollan desde el recuerdo; no entienden la realidad actual: hostil, vertiginosa, individualista, identificada con estereotipos de la metrópoli más que con la esencia de lo nacional. Su grandilocuencia se ha convertido en una suerte de expiación de culpas. Entablaron a la literatura con una serie de reflexiones filosóficas y la trataron de abordar, esencialmente, como construcción de la dicotomía entre reforma y revolución; constituyendo, lo revolucionario, el mundo de las ideas encarnadas en el intelectual-mártir, capaz de cuestionarlo todo y de cuestionarse entero pero incapaz de convertir los sueños en realidad; su lucha es un enfrentamiento desigual con sus fantasmas y sus progenitores; una literatura de la derrota a pesar de estar coqueteando (desde esa época hasta la actualidad) con el poder y sus meandros[1].

Pero en contra de todas las evidencias "... quienes se instalan en el desencanto y lo racionalizan como un nuevo valor. Aparentemente radical, esta actitud es profundamente conservadora: prefiere adaptarse al curso supuestamente natural del mundo. Parece que el temor a las desgracias en que desembocaron nuestros sueños nos censura en los deseos. El desencanto genera hastío y nos acosa la fatiga. Basta mirarnos y recordar al poeta:

Os digo que la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte (...) Estáis muertos, no habiendo antes vivido jamás. Quien quiera diría que, no siendo ahora en otros tiempos fuisteis. Pero, en verdad, vosotros sois los cadáveres de una vida que nunca fue. Triste destino"[2]


COROLARIO

Frente al cinismo y la ingeniosidad de los teóricos de la posmodernidad[3], frente al desencanto y sus variantes que nadan en el vacío o la levedad del ser; el panorama de la literatura ecuatoriana y latinoamericana en general tiene nuevas vertientes, vigorosas voces que expresan una nueva realidad. Agotado el filón del "Boom" -del cual el Ecuador nunca participó-, que exportó a Europa el mundo mágico de la imaginería popular, existe una nueva oleada que se nutre de la mitología y sabiduría de los pueblos y nacionalidades indígenas, de los grupos con diversas opciones sexuales, de los migrantes y su caleidoscópica visión del mundo.

Uno de los aspectos más sobresaliente es la clara división entre la literatura realizada por hombres y mujeres. El protagonismo de las mujeres, en todos los ámbitos del acontecer humano, ha cuestionado el papel predominante del hombre, incluido el de la sexualidad. La mujer es el personaje principal de la literatura; a pesar de tener una carga demasiado fuerte aún del "happy end", estilo Corín Tellado, y de proyectar un estereotipo de compañero ajeno a la cotidianidad y al medio (tierno, solvente, inteligente y casi sin ninguna demanda de tipo sexual)[4]. El hombre, mientras tanto, aparece disminuido y cuestionado por culpas actuales y pasadas, reducido a la accesibilidad de los amores contingentes, acorralado por su conciencia autocrítica. Incapacitado momentáneamente para elaborar una propuesta alternativa; arrinconado en su concepción de pecado no puede salir de las cuerdas para rebatir las pruebas históricas de su culpa.

Un panorama desconcertante, rico en sus múltiples tratamientos y formas de presentación. Una realidad compleja que no puede ser abordada con los mismos métodos de hace dos décadas, con irrupción fuerte y permanente de movimientos sociales que tradicionalmente no tuvieron acogida en los movimientos políticos de vanguardia. Expresados literariamente en la superposición de géneros: novela policíaca, negra, ciencia ficción, erótica; con o sin personajes definidos; cuestionando al lector, al editor, al narrador; etc.

Pero en el Ecuador todavía existe una marcada tendencia a creer que la literatura únicamente llega hasta la “generación del desencanto”; tanto por la ineficacia de las instituciones encargadas de la difusión cuanto por los mismos personajes que se autopromocionan sin dejar que la luz descubra las nuevas tendencias y a los/as nuevos/as escritores/as. Es que, paradoja de paradojas, aquellos que luchaban por el poder a través de soñar una revolución ahora lo poseen por el prodigioso poder del mimetismo como ya lo enunciaran en sus obras narrativas...

Pablo Yépez Maldonado

[1].- El caso más conocido es el de Jorge Enrique Adum, quien, en palabras de Alejandro Moreano, demuestra la decadencia de un excelente poeta -autor de "Los cuadernos de la Tierra"-, tradicionalmente comprometido con los partidos de izquierda ahora participando de las "sabatinas del poder".
[2].- Norbert Lechner. Un desencanto llamado posmodernismo. Debates sobre modernidad y postmodernidad. El poema es de César Vallejo: Trilce, LXXV.
[3].- "El Estado y/o la empresa abandona el relato de legitimación idealista o humanista para justificar el nuevo objetivo: en la discusión de los socios capitalistas de hoy en día, el único objetivo creíble es el poder. No se compran savants, técnicos y aparatos para saber la verdad, sino para incrementar el poder." Jean-Francois Lyotard.
[4].- Véase, por ejemplo, la narrativa de Marcela Serrano.

jueves, mayo 22, 2008

Cercanía, metrópoli, cosmopolitismo e imaginación

La caótica forma de concebir y ordenar el mundo por parte de los europeos, de poner el universo de cabeza para nosotros y arriba lo que supuestamente deseamos, nos ha obligado a crecer en alas de la imaginación y hurgar sobre nuestras precarias formas de adorar al sol más que al dinero y practicar la sana costumbre de los abrazos antes que el chat. Esa desmesurada forma de reconocernos sacrílegos en nuestra cosmogonía y en la non santa pasión nos ha relegado hacia la periferia de las metrópolis y los centros industrializados. De allá se emanan los cánones y las teorías, las propuestas para tratar de descifrar nuestro desorden y nuestras entelequias. Casa adentro sucede lo mismo, nos reconocemos en las limitadas voces de ciertos vates de Quito, Guayaquil y Cuenca –en el mejor de los casos-, el resto del país es invisible, no existe para las escasas casas editoriales –más que editoriales se debería hablar de imprentas nada más-, el escuálido presupuesto de las casas de la cultura provinciales no permite sino atender gasto corriente y uno que otro acto para promocionar las figuras y figurines de la comarca provinciana. Pero al margen de todo ello, fuera de las metrópolis y de los deseos de ser reconocidos por las antologías y los antologadores se produce literatura de una sensibilidad que está en peligro de extinción (si las editoriales gorbernaran el mundo):

DECISIÓN AL ESPEJO…

alguna vez tuve que vivir…

las cigarras cegaban el silencio en mis manos
quieren ser el telón de mi jazz de papel
y fusilan mi eco de saxo fumador

pero decidí nacer muerto…

caminé cuando plantaba corcheas fucsia en tu espalda
serán domingos de ombligo al sol
y esa bujía negrajoven quema vírgenes para sí

polvo que cae del eclipse de pianos ferrocarril
talvez disecaban sus motivos de hielo dulce
para enfermar las alas que recibiré por correo?

total jamás descansé de no pestañar…

el augurio cuaja un mensaje en tu pierna derecha
¿será la cortada profunda de la risa?

la sensación de beber clavos en el cafecito de tu memoria
o fue cambiar huellas por presencias?

ahora que recuerdo lo que tuve
recojo mi oreja del bolsillo
y dejo de ser al espejo…


Ó

¡QUISIERA!

lengua de fuego en el olvido
al salir el sol
cantarnos alegrías,
pero solo me extingo
en el disco duro
de este perro ocaso.

TRAGICOMEDIA

Todo se me acabó
en una sazón de canciones tétricas
y Tú
caminas descalza
sobre mi lomo maltrecho
cuando cayeron mis escuadras férricas,
mis pies ya laberintos
en este camino extraño
donde esas bolas de hielo
destrozan todas mis hojas amplias.
Cazaría palomas de fuego
para existir,
pero me abstengo
no sé por qué?
¡o sí!

Por agua tibia.

El primer poema de Patricio Cárdenas H. y, los dos últimos, de Juan Píntag integrantes del taller de literatura Magnitud nadie de Riobamba. Constatación de que el sur también existe y tiene una forma propia de expresar esa relación perversa (o virtuosa) entre la periferia y el centro; entre las ganas de estar inscritos en el cosmopolitismo y la sensibilidad que crece como el pasto a la vera de las autopistas de alta velocidad.

¿Qué es el centro, qué es occidente; qué es el canon? Todos aquellos conceptos constituyen construcciones para iniciar la reflexión del otro a partir del yo, de lo que conozco, de la certeza de mi existencia dentro de ciertas normas fijadas por mí o por mis iguales. Pero occidente se ha desplazado de manera constante; ya no queda en Grecia ni en Roma, dejó de habitar la Francia ilustrada o la España monárquica e imperial; ahora está en los EEUU a pesar de todos los esfuerzos por evitarlo y, en el futuro se desplazará más hasta llegar a la milenaria China para… ¿empezar de nuevo?

Y, en medio de esta invención de la civilización y la demarcación con los bárbaros está la noción del centro, como eje fundamentador del equilibrio, el que nos permite corregir los desbalances del cuadro para evitar vernos descolocados, fuera de foco o de la porción áurea, porque nosotros (si tenemos la fortuna de habitar el centro) somos los que determinamos la posición correcta, las normas del bienestar (y toda su desvergonzada teoría de la pobreza y sus oprobiosos mapas de la miseria), de la decencia y de la buena literatura; es decir estamos en capacidad de determinar lo que se debe consumir para alimentar el espíritu en la dirección correcta (claro). Y la estética del cannon esa concepción del arte y la literatura bajo ciertos preceptos en los que no caben (no podía ser de otra manera) la desmesura y la racionalidad de los afectos; porque poseemos otra escala, otra dimensión de las cosas donde el ser humano no es nada más que una parte del cosmos con tanto derecho a existir como la paciente tortuga o el enigmático helecho; y, el tiempo no es money ni nada que se le parezca sino el espacio donde se despliega el placer en su mágica cromática construyendo y deconstruyendo identidades, pasiones, cercanías y similitudes; es decir que el estar no es definitivamente, para nosotros, igual que el ser.

Estamos y somos o parecemos pero no siempre porque en nosotros está la máscara y la representación, la ambigüedad y la unicidad. Nunca constituyó para nosotros un dilema El hombre unidimensional de Marcuse, ni la agonía existencial –cercana al nacional socialismo- de Heidegger; tenemos la capacidad de hacer varias cosas a la vez –por ejemplo escribir, ser burócrata, poeta, intelectual, consejero del príncipe y amigo de los súbditos-; o nos burlamos de nosotros mismos, no nos problematizamos en el sentido estricto de la palabra, ironizamos acerca de nuestra condición rupestre, pedestre y campechana, porque no tenemos otra salida y, si acaso tenemos alguna a la mano nos evadimos (el problema con los evadidos es que constituye la auténtica preocupación de los carceleros); no somos los proscritos por vocación propia como aquellos que se ponen al margen porque no desean el bienestar de las sociedades opulentas (como en Suecia); somos proscritos porque nos pusieron ese emblema en la fábrica central de producción de letreros: la academia. Ya, en 1949 nos bautizaron como “subdesarrollados” como inspiración del presidente Truman para dar coherencia a la política de las entidades financieras y de “ayuda” a los países que carecíamos del nivel tecnológico y productivo de los países desarrollados; y, antes, nos negaron el alma cristiana como pretexto para el saqueo y el adoctrinamiento.

La verdadera confrontación entre parecer y ser se da entre la razón (la academia) y la sensibilidad (la cultura, las artes y la literatura); la primera pretende sentarse en la misma mesa que los grandes teóricos del mundo occidental complementando el vademécum de términos que describen de mejor manera la realidad (aquella que no entienden ni es muy cercana a ellos sino es a través de las cifras y las estadísticas); y, la segunda que recrea y goza la realidad; tanto la goza que llega a tal extremo del realismo trágico –sin el esquema de la tragedia griega pero con los mismos resultados: la muerte-.

Entonces no nos queda más que embarcamos en los sueños para construir otra patria fuera de los linderos estrechos de este país de ficción y asediamos al norte para poner en jaque su filosofía de la existencia encarándole su falta de sensibilidad, su extraordinario amor por la comodidad y la seguridad (tanto las aman que se inventan pretextos para invadir tierras que les asegure el combustible para sus automóviles sin que les importe los cientos de miles de víctimas civiles agrupados en eso que llaman asépticamente: daños colaterales); y la figura de Nietszche y su crítica de la moral llegan al absurdo porque “occidente” no llora ni se disculpa por los horrores que es capaz de generar a través de sus fuerzas de ocupación sino que se solaza criminalizando a los desertores de ese gran naufragio que es África o pateando sudacas en sus metros.

Pero el espejo tiene una cualidad: nos devuelve enteros en nuestra miopía porque pretendemos construir las alternativas a partir de esos escombros. Y desde esa racionalidad absurda demarcamos y canonizamos. Es decir los felipillos de la comunidad intelectual actúan de intermediarios en el enmascaramiento de esta realidad bullente, mágica, contradictoria e inequitativa. Y, con la voz de los académicos, se desprecia la rudimentaria incomprensión del “interés estatal” para hacer de este país un centro minero para realimentar (otra vez la misma historia) las fauces voraces de “la industria”.

Nuevamente recaemos en el discurso de la periferia, las metrópolis y ... la falta de imaginación que, como en el caso de los dos poetas de nuestra periferia nos demuestran que lo que sobra es la imaginación pero que aún está ausente en los obscuros y fríos círculos del poder; y, que la cercanía es una condición que nos impide reconocernos...

Pablo Yépez Maldonado

martes, mayo 13, 2008

La Kbzuhela o la renovación perpetua

Cavilar de arriba para el centro, conocer el otro yo de la seriedad encuadernada, desenterrar los fantasmas y ponerlos a caminar, construir un acuerdo para renegar de él a la semana, asistir a los talleres casi con vocación mística de desahogo y reencuentro, vociferar y acunarse, acompañarse en su soledad voluntaria, en su hastío de las normas y las buenas costumbres, desbaratar los horarios solo por el gusto de hacerlo para luego sentir el temor de no pertenecer, estar siempre y no quedarse; ser y no parecer, vivir a plenitud al filo de una gillette, construir y derribar, barajar los días para constatar el persistente sonido de los segundos en medio del desasosiego y la incertidumbre. Parece un escenario conocido y, sin embargo, algo ha cambiado; ahora presentan sus obras, ahora tienen la oportunidad de enfrentar la crítica mordaz o la más absoluta indiferencia, la comparación y la constatación de los errores, pero fundamentalmente tendrán que soportar la lectura ávida de los lectores atentos que descifrarán sus textos y mirarán semidesnudos a sus autores; porque de eso estoy seguro, pusieron todo de sí en esta pasión que libera y aherroja, que nos convierte en perspicaces conspiradores de la realidad y sus vomitivos.

Este grupo forma parte de la generación pos 11-S y la paranoia antiterrorista; si es que cabe seguir hablando de generaciones, pues la sucesión es más rápida y la tendencia a la obsolescencia programada es casi generalizada. Cada tres años cambian los modelos tecnológicos, por eso el tiempo nos parece más vertiginoso, pues todo se construye para desechar y olvidar si no sirve a nuestros propósitos hedonistas. Este vértigo aparente responde a nuevas formas de cronometrar el tiempo, para que las facturas se ajusten a los segundos.

Nosotros somos una prueba de aquello (todos y todas para estar de acuerdo con el argot de género); repasamos los minutos cada vez que nos pasan la cuenta. A todos nos sobrepasarán las ediciones de nuevos libros de literatura y, así nos propongamos, nunca podremos abarcar el amplio panorama de lo que se escribe, edita y publica a diario en el mundo; ni siquiera lo que se dice, se aspira, se sueña en este país, en esta ciudad, en nuestro barrio; porque la información excede nuestra capacidad de comprensión; a todo ello se debe sumar la proliferación de los bloggers que están atentando –en buena hora-, contra los cánones, el deber ser y la forma correcta de escribir, y los mensajes por los celulares crean una nueva ortografía que descoyunta las sagradas reglas de la real-y-endé-mica-a-ca-de-mia-de-la-lengua debido, fundamentalmente a la economía del lenguaje y a la ley del menor esfuerzo.

Entonces ¿qué hay de nuevo en esta convocatoria? Todo y nada: es decir, el ciclo vuelve a empezar para que se ponga en evidencia que la imaginación y el sueño permanecen en nosotros de manera consustancial y que nunca (por lo menos eso esperamos) nos abandonarán. En medio de esta efervescencia de construcción y deconstrucción de identidades (cuando en realidad la identidad solo existe como concepto en matemáticas, es decir en la abstracción más pura), encontrar una razón para existir, escribir y publicar constituye un acto de confrontación con la literatura, el mundo y uno mismo, además de justificar nuestra existencia.

Qué pretende en medio de este caos el grupo La.Kbzuhela con su proyecto editorial, con sus cinco libros, tres de poesía y dos de narrativa y una novela en proceso de publicación; ¿qué es lo que atraviesa su propuesta, qué los convoca, los une, los retiene, los motiva, los repele, los vuelve a juntar? ¿Qué protervos motivos persiguen con la puesta en escena de sus particulares visiones del mundo, sus azarosos, procaces, profundos, ingenuos y a veces intrincados textos? ¿Qué nuevo reto plantean a los críticos, a los estudiosos de la literatura o a los comunes y corrientes lectores con la presentación de estos libros?

¿Qué es una generación? ¿Se puede hablar de generaciones en la actualidad cuando el universo de preocupaciones se ha diversificado tanto que es casi imposible hallar un punto de encuentro entre las comunidades de jóvenes, adolescentes o adultos de una ciudad o de un mismo barrio? Si descontamos las preocupaciones básicas por la subsistencia la cantidad de información que consumimos y la diversidad de fuentes de consulta, la particular forma de emitir respuestas y de enfrentar la realidad hace que cada agrupación de individuos constituya una cofradía –con sus propios y particulares códigos de conducta-, y responda frente a su específica condición en este mercado global donde cada quien pretende acaparar la mayor cantidad de bienes para disfrutarlos o, más bien para exhibirlos, frente a los demás. Solamente como aproximación a una particular manera de concebir y entender el mundo de un grupo de personas y con los riesgos de la didáctica se puede hablar de una generación; además, hay que considerar las limitaciones de la cronología y la casi nunca especificada relación con la realidad concreta; ahora cada vez más diferenciada y a la vez con una tendencia a la homogenización.

Pero ¿cuáles son las fuerzas centrípetas que logran que un grupo de jóvenes se reúna casi religiosamente y de manera semanal durante más de tres años para confrontar textos, debatir propuestas, para torear la soledad, para compartir el vino de la existencia? Para contestar esta pegunta es necesario remitirse a los textos para encontrar aquellos ejes que articulan el discurso propio de una generación nueva, con una personalidad absolutamente distinta a las precedentes y, sin embargo, en esencia, con la misma expectativa.

Si, para abarcar el universo, es preciso condensarlo en una palabra, ello también es pertinente en este proceso de comprensión; Pravda, contiene el cuerpo, su reiterada referencia a los elementos físicos del ser humano es una constatación de que el último reducto, donde se libra la más feroz batalla es en ese espacio donde nosotros mismos somos los contendores; Pravda es la vocación por la sensualidad, el erotismo, el placer por la soledad y el contacto con el otro; Zaratana, en cambio es la obsesión por el mar, por la libertad, el olvido y la soledad; es la mirada obnubilada por la grandeza y la magia del mar que encierra todo ese mundo donde cohabitan los seres mitológicos y otros no tan mitológicos ni tan mágicos como nosotros mismos; por su parte Certezas híbridas es el diálogo entre las evidencias y las citas conocidas y la incertidumbre; la soledad construida sobre los andamios del erotismo y su objeto de deseo –casi nunca encontrado-, es el descrédito del discurso para reconvertirlo, es un atentado a la sintaxis del amor y su recreación.

Esas son las líneas fundamentales en los tres libros de poesía como una primera y muy breve aproximación; en cuanto a los dos libros de cuentos o relatos cortos; Cuentos involuntarios es la constatación de la dualidad, es la reconstrucción del espejo para ver y vernos en nuestras dos dimensiones absoluta y diametralmente opuestas, es decir es la recuperación de ese vizconde demediado que deambula entre nuestro parecer y nuestra conciencia, es una eficaz y condensada fórmula para regurgitar nuestra pertenencia –no somos animales puros ni pretendemos serlo-; por su parte Kaleidoscopio es la búsqueda de aquellos seres atormentados por la idea de la muerte y la soledad, aquellos que expiaron su originalidad a través del suicidio o la locura –esa aparente locura que cuestiona el orden establecido, pero a la vez es la demostración de que la imaginación tiene un poder que sobrepasa lo efímero de la vida y la esquizofrenia de la rutina.

En pocas palabras esos son los temas recurrentes de estos cinco escritores, claro que no pretendo con esto quitar la magia a las interpretaciones individuales y muy personales que cada lector haga por su cuenta. Pero este ejercicio, complementado con otra obra que está por publicarse, esa novela –famosa desde ya-, Chicos de casa sin piscina, configuran una propuesta, vigorosa, cuestionadora, madura a pesar de la juventud de sus perpetradores, conmovedora por la lucidez en su quehacer literario, alejada de los pretendidos cánones en los que supuestamente se desenvuelve la literatura de esta tierra mitológica.

A contrapelo y como contrapunto de aquello que se llamó “Cinco como un puño”, este grupo, como exponente de su generación, tiene seis o siete exponentes, tal vez como expresión de las mutaciones genéticas muy en boga en estos tiempos de guerras bacteriológicas y misiles “inteligentes”. Entonces se nos puede llenar el morral de citas para explicar su propuesta, que Ciorán, Morín, Nietchzche, Kafka, Virginia Wolf, Easton Ellys, Miller y todos aquellos que deambulan por las estanterías de las librerías de libros usados y las páginas de Internet; sí, ellos y muchos más: está presente la literatura ecuatoriana y su vasta selección de poetas casi inéditos y peor leídos, está en escena la novísima literatura latinoamericana con esa visión desgarrada que raya en lo trágico –pero debo hacer una salvedad, en el caso que nos ocupa no es una tragicidad profesional, un goce del infortunio en sí mismo, sino como constatación de que las puertas escapatorias no existen como se pudo comprobar dramáticamente en la Discoteca Factory, que las soluciones a las crisis no se halla en el desenfrenado consumo como lo evidenciaron los afectados por el feriado bancario (y el que está por comenzar). Todo de nuevo: cíclica y mágicamente. Ya no es factible la evasión ni el desencanto, solo la posibilidad de vivir las circunstancias y paliarlas con todos los métodos imaginables que se tenga a mano: a nado hacia Europa para caer en los espejismos del bienestar de las sociedades “satisfechas” (¿de qué?, vaya uno a saberlo); a horcajadas sobre la soledad y sus escondites mágicos donde cohabitan el orgasmo y la rutina; de frente a la realidad virtual y su fría pantalla de plasma, ejercitando la crítica acerba sobre los sitios donde desgastamos nuestros cuerpos; pero siempre y como último recurso la ternura donde nos refugiamos para redescubrirnos enteros pero fragmentados, cínicos pero humanos, frágiles pero optimistas frente a nosotros mismos; porque de eso se trata, de reconstruir este universo con el material que poseemos, con el lenguaje elaborado por nuestros peculiares y particulares músculos con los que nos inventamos la vida.

Este grupo, de esta generación, pone en cuestionamiento a las mismas instituciones en las que desarrollaron su trabajo –porque el paraíso y las promesas son ficticias-; estos escritores abocados a una realidad donde la reciprocidad es más valiosa –si se quiere sacar adelante los auténticos y más profundos sueños-, que las dádivas y los compadrazgos; estos jóvenes escritores dan fe que la pasión es más decisiva que la propia razón y las constituciones y, que las revoluciones –está comprobado-, si no lo transforman todo no cambian nada.

Entonces bienvenidos y bienvenidas al mundo mágico donde cada uno de nosotros porta el código para rehacer el mundo, para reconstruirlo en su múltiple y cambiante realidad; como aquellas estructuras fractales donde cada uno es, en sí mismo, una parte y a la vez el todo. Bienvenidas Johanna y Andrea, bienvenidos Paul, Freddy, Marco, Santiago y Juan Pablo porque es demasiado violenta la esperanza para refugiarnos en el desencanto o en el secreto; ahora que los vientos soplan tan fuerte como invitándonos a reedificar las sociedades sobre bases más sólidas, más auténticas y más diáfanas, más profundas y humanas.


Pablo Yépez Maldonado
Quito, 8 de mayo del 2008

lunes, mayo 05, 2008

EL PLACER AÚN YACE DEBAJO DEL ASFALTO

El tren se escapa
mientras el sol cae a plomo
sobre el sonido de los graffittis
el deseo late debajo de los adoquines
nadie ha colocado aún el epitafio final
a pesar del olor a gas y a los claveles
que escaparon al cerco del autoritarismo
a la muerte gélida del individuo
o al asalto en Higuerillas
(el humo del cigarrillo
el constante acceso de tos
y sus ojos apuntando fijos a la vida)
revolución escrita en hojas de napalm
aliento que recorre la columna
dorsal de Tlatelolco
y cae en la universidad Libre de Berlín
pero el tiempo es su peor aliado
basta
para que el único rey negro
caiga debajo de las barras y estrellas
y los jóvenes revoltosos de la época
se vistan de burócratas
tranquilo De Gaulle
que conoce los caprichos de la historia
fuma mientras el gran oso de la tundra
calcula su deseo
y se evade del mejor orgasmo de la humanidad.

Desembarco en pleno help de los de Liverpool
manos tinturando el cielo
manos transitando de la marihuana al LSD
para desabrochar el cerebro
tantas veces
pero tantas veces como fuere posible
para volar al son de Woodstock
y sus 1400 megatones de potencia

Debajo de los adoquines está la playa
debajo del tiempo la magia
y la desazón
porque todos llegaremos a viejos
todos colgaremos nuestros huesos
en la cremallera de Janis Joplin
o en el largo cuello eléctrico de Jimi Hendrix

La revolución en contra de los bibliógrafos
Nanterre pirómana relee a Marx
desde la ternura de Rimbaud
y
ante la urgencia del amor
las plazas se transfiguran en tálamos colectivos
las aulas son piezas del rompecabezas erótico
el amor sale a proclamar su derecho a existir
libre
fuera de los muros convencionales
haz el amor
haz el amor
siempre que puedas haz el amor
siempre que te permitan los años haz el amor
siempre que tengas oportunidad haz el amor y nunca
nunca renuncies al sonido crepitante del orgasmo

Checoslovaquia (gran pasión para la levedad del no ser)
y su primavera
cortada a medio tallo
y a un tris de echar simiente.

La mente analítica
no procesa las diferencias
la ciencia es aún un largo discurso
con algunas faltas de ortografía
y el mayo francés
es un collage de Danieles Rojos o Jeans Azules
o Sartre vendiendo cien escuelas y cien flores
la revolución cultural fue apedreada
en los periódicos europeos
¡¡prohibido prohibir!!
es el epitafio
a nuestros minusválidos estados nacionales
emocionales.

Nosotros
ingenuos como siempre
arrimados a la cola del cometa
para ver qué sucede
para ver cómo se desarrolla el mundo
con anarquía incluida
para sentirlo como un chip en la garganta

Contacto en Francia
contacto en Londres
en México
Santiago Buenos Aires Berlín
en Siberia
para no derretirnos
el gran oso mientras tanto
jugaba la final con la paciencia amarilla
y nada
todos en medio de la atmósfera posmoderna
detrás de las cámaras y las sonrisas
coito interruptus de fin de siglo.

Mayo como un pez se desliza por los pliegues de la memoria
mayo
como el sedal para los sueños
mayo
cartílago espiral para nuevos juegos
para nuevas posturas existenciales
mayo francés
para la locura de Althusser
y su deseo de ser libre
no de la filosofía sino de la cotidianidad
y Poulantzas
con su estructura a cuestas
en medio de la complejidad del nuevo salvaje
ese Leví-Strauss reivindicador de Calibán
pero nosotros
recién rompiendo el candado de las universidades
para inaugurar el nuevo milenio
con cientos de cadáveres de atraso
con cientos de páginas
sin escribir
sin editar
sin soñarlas siquiera
-incluso para soñar se debe tener valor-
(DURMIENDO SE TRABAJA MEJOR; FORMEN COMITÉS DE SUEÑOS)
porque debajo del deseo está la constancia
y en su hueso principal
la pasión como el motor único y primario.

Y nunca se habló del futuro
el tiempo se congeló
en el violento palpitar de la sangre
corriendo desbocada hacia el azar
esa dimensión extraña donde todo es posible
-nosotros mismos somos posibles-
porque desde ese momento se acabaron las certezas
y cada quien diseñó su vida
con lo que tenía a mano
con lo que sobraba en su morral.

Amor fugaz como las consignas
amor de barricada y en medio de los gases
amor que nunca buscó su perpetuación
(para evitar el negocio de las agencias de bienes raíces)
amor ardiente de hemisferio izquierdo con el sexo central
sexo que descubre nuestra pasión por el placer
el placer que descubre nuestra ilimitada
posibilidad de amar
el amor rompe barreras en el mercado
el amor se descobija de la razón
para ser
para acurrucarse en mitad de la vida
en medio del pan amargo de todos los días
y los textos aburridos de Platón
o Diderot
para buscar desesperadamente
la puerta escapatoria del aparato y la funcionalidad
de la cordura
-lado visible de la represión sistemática-.

En mayo debería llover a cántaros sobre la memoria
para expiar la culpa por no haber estado presentes
por no asir la lujuria y la pasión sin miedo
sin temor a ser contaminados
ahora nos refugiamos en la monogamia
por asepsia mas que por consideraciones antropológicas
huimos del fuego
para salvaguardar nuestras escleróticas alas
tememos a la imagen porque el espejo nunca nos retrató
mayo del 68
antesala de la razón global
redonda y chata
supersticiosa y cabalística
han pasado años luz de la masacre en indonesia
la euforia de los cirujanos se coaguló
el tumor no fue extirpado de raíz
en lugar de libros
-síntoma de los tiempos-
se saquea micromercados
y se apedrea autobuses en las capitales de las sociedades “satisfechas”
(¿de qué? nadie lo sabe)
para llevar la realidad virtual al dormitorio
sobre el amor
la imagen
sobre la pasión
el control remoto
debe llover a cántaros en este país árido de lujuria
el cálculo sobre el pan
el calendario sobre los actos culturales
debe llover a cántaros sobre la imposibilidad y los límites
sobre la modorra y el sentido común
debe llover sí
sobre el silencio y sus paredes
sobre la música y sus lágrimas
sobre los volcanes
retratados como iconos vacíos de magma
debe llover
a cántaros
o como se le ocurra
para despertar el instinto
el violento deseo
la perversión permanente
de ser felices.

Pablo Yépez Maldonado
Quito, mayo 2008

viernes, abril 25, 2008

Certezas híbridas

poemario de Johanna López

Nos conocemos demasiado para tener esperanza...

Constatar la soledad únicamente reafirma la actual condición humana; desafiar y deconstruir, desarmar y provocar, criticar y afirmar; todos los elementos para la poesía actual, posmoderna –pos: en búsqueda, en desvarío; moderna: proposición arcaica de felicidad e igualdad, fraternidad y libertad-; elementos constitutivos para aseverar que estamos solos y que todo es inútil –menos la poesía que confirma el desatino y, a la vez, el acierto de la existencia. Porque, paradoja de paradojas, existiendo se puede negar y escribiendo se puede reafirmar la ¿inutilidad? de la existencia.




Entonces el universo se despliega en su mágica contradicción, en su tierna y estremecedora variedad de sentimientos, escenas, acciones y desacatos. La poesía es un arma cargada de... referencias, de elementos híbridos que nos hacen caminar –casi por inercia- hacia la vaciedad y el desencuentro; porque, dónde es posible construir esa arquitectura de la pasión si el otro no está o no permanece; dónde podemos anclar nuestros sentimientos si la estructura endeble de nuestras formas de ser no permanecen ni nos garantizan un mínimo de firmeza. Johanna López desestructura el discurso poético tradicional para llevarnos de la mano –a regañadientes claro-, hacia una nueva forma de percibir el mundo bajo la marca de la incertidumbre, por eso su reiteración en los pesimistas ascéticos para redondear una obra donde la soledad se transmuta en erotismo en el profuso caminar del desencuentro y el desenfado.

¡¡No te pierdas donde no estás!! /no destruyas el espacio /que no está construido... plegaria de los náufragos hacia aquellos que se supone constituyen esa parte donde la certeza nace de sus potenciales actos, o de sus demenciales actos de poder. El cuerpo constituye el último reducto de afirmación de la libertad, la trinchera que nos queda para lanzar la ofensiva final hacia... nuestra derrota; porque no se pretende la victoria –esa constituiría la verdadera derrota-, lo único que se aspira es a dejar constancia de la lucha, que no nos digan que marchamos sin enfrentar el reto. En la poesía está la bitácora de las batallas emprendidas y del calor con el que las enfrentamos... Nada está perdido y sin embargo nada nos pertenece, porque no queremos poseer ni que nos posean, no pretendemos conocer sino dejar constancia de nuestra infinita ignorancia y de nuestra hermenéutica.

Estuve callada por mucho tiempo /hoy reorganizo mi farewell, /hoy escribo mi epitafio sencillo: /”aquí murió la que nunca fue”; la poesía desestructura, cambia nuestra posición en relación al mundo, pero no nos lleva a terrenos más confiables, nos conduce al laberinto de los espejos del que brotan todas nuestras inquietudes. Porque no nos mostramos más enteros, nos percibimos fragmentados, porque no nos pensamos más cuerdos, nos entendemos más dementes y más audaces en nuestras refutaciones. Porque, quién puede afirmar en este momento que tiene las respuestas (si es que algunas vez las hubo), quién es el osado que las pergeñe por lo menos. Desactivadas las revoluciones sociales ahora nos refugiamos en las revoluciones ciudadanas para convocarnos a través del cel o la internet para desafiar nuestra poca consistencia y nuestra provocativa subversión del lenguaje, pero nada más... es que ¿hay algo más?

Tal vez, y esa es la apuesta de la autora quien, a pesar de conducirnos con inusitada maestría por su laberinto, nos deja sueltos y solos y sin ningún hilo que nos auxilie para que nos reencontremos en nuestro desvarío como lo demuestra ese diálogo entre Bartolomé y Bernardo que se ha repetido desde el fin de la modernidad y, en nuestros países, desde inicios del siglo XVI. Globalizados pero sin descargar nuestro morral de localismos, viajeros del mundo sin abandonar la pacha mamita (como dicen los shamanes que hacen su trabajo en Europa y viven del cuento y alimentan el PIB).

Johanna López recupera los profundos causes de nuestra historia, pone en escena aquel universo que apenas se tocó en nuestra poética (solo dos alucinados lo entrevieron: César Dávila Andrade y Hugo Mayo); demasiado preocupados de encontrarnos nos perdemos; demasiado preocupados de inventarnos nos clonamos, demasiado proclives a lo foráneo nos desconocemos. Ahora, cuando las tendencias cambian en nuestros países pero aún no se redimen a las víctimas, la poética se inaugura con diversas y distintas preocupaciones. Desacreditando el discurso y reconvirtiéndolo, dislocando la sintaxis del amor para recrearlo; dueles y no sé qué tanto /lo último que deseo es / mirarme en tus ojos / para destrozarme de nuevo, /nuevamente, /novatamente... la persistencia en la recuperación de aquello que nunca se tuvo y la constatación de la soledad como único designio de los tiempos; pero, para qué más, si nos basta con tenernos para reinventar el mundo ¡¡y de qué manera!! Tercos y deslumbrados nos volveremos a perder.

Certezas híbridas es un largo batallar de la voz poética por desanudar la inercia, los cenáculos, los discursos poéticos del siglo de las luces ¡nucleares!; las propuestas políticas que nunca cuajaron y, si lo lograron, se derrumbaron ante el bip de los ordenadores y los ergonómicos diseños de los celulares. Es que no existe ninguna certeza, es que la hibridación puede producir vástagos estériles o generar nuevas especies. Es que el mundo está cada vez más cerca y el calentamiento global no nos permite hacer muchas conjeturas sobre el futuro, es que el ansia de poder y la disputa de los recursos naturales es despiadada, es que la declinación de la única potencia militar global nos puede arrastrar hacia la catástrofe mundial, es que la fe depositada en dios o en las encuestas de opinión ya no es suficiente; es que –en definitiva-, nos conocemos demasiado como para tener esperanza...

Pero a pesar de ello ¡persistimos, soñamos y escribimos!; y nos escrutamos, demasiado descarnadamente: abductor del caos de la ebriedad pasajera, /Abba Patris en el juicio /en las vértebras de Eva /Leviathan encima y abajo como cuerpo humano, / inhumano… porque ya no creemos más en los discursos del ser humano, tan solo en su intuición, en su loca obstinación por el amor y la ternura y su correlato: la soledad y el hastío. Es que no ya no hay más que... certezas híbridas.