miércoles, junio 24, 2026

 El arte bajo los signos de la barbarie…

Llueven cadáveres…

Las imágenes se descuelgan furiosas de las pantallas. Es la estética del terror, los reporteros insisten en que, el contenido de sus notas, es delicado. La expectativa crece. Toda la maquinaria, el espectáculo del circo romano, ahora ampliado hacia los dormitorios y salas de los hogares, da comienzo.

En el país llueven cadáveres, es un carnaval de cuerpos mostrados como cifras, como hechos, como víctimas colaterales, en el mejor de los casos, o como resultado de condiciones estructurales en un país, en un planeta en el que la muerte, el genocidio, la barbarie es una constante.

Llueve en este país

llueven fragmentos de sueños, corazones desprovistos del fuego

pura nostalgia de la vida

llueven silencios

proyectiles en busca del caos

del vacío

llueven días y cifras y reporteros

llueve una delicada sensación de desamparo

 

La mortecina luz de la lluvia cabalga hasta empaparnos

en este país de volcanes y desmemoria. 

Y entonces aparece el arte y se convocan los artistas, con esa mala costumbre de rebelarse en contra de la realidad, esa apasionada manera de construir contornos con luz o con pintura, con líneas que se extralimitan en el entorno y conspiran contra la paranoia.  En esta sala del Centro Cultural Benjamín Carrión se presentan dos formas de ver la realidad, la ausencia, el vacío, la angustia y la imposibilidad de restañar, de componer, de reconstruir; pero, sobre todo, la imposibilidad de seguir en silencio mientras los sueños saltan por aires despanzurrados por la estulticia, la codicia y la incapacidad.

 (Llueve / y hace tanto frio…)

 Carlos Revelo (1966) y Pablo X. Almeida (1973); docentes de la Facultad de Artes de la Universidad Central del Ecuador; artistas plásticos, creadores, con una larga trayectoria de experimentación y búsqueda. Las obras expuestas por estos dos artistas permiten identificar los recursos expresivos que utilizan y la relación que establecen con la realidad. Carlos Revelo maneja un lenguaje plástico más introspectivo, abstracto e inquisidor; como pretendiendo que el espectador, el observador complete las figuras apenas pergeñadas, los rostros difuminados sobre la materia absurda de la cotidianidad, del desvarío, de la sinrazón; como apelando a que el olvido nunca nos gane la partida. Pablo X. Almeida realiza un planteamiento más narrativo con algunos elementos muy particulares de la realidad social; la figura cobra protagonismo en un contexto donde resaltan elementos de la cultura popular urbana, referencias visuales reconocibles que proyectan una imagen caricaturizada de la realidad.

En suma, asistimos a la exploración de las ausencias y desapariciones desde la sugestiva difuminación de los rostros en esa realidad informe que nos consume y nos regurgita; y, a una mirada descarnada sobre el entorno cultural y social en el que acontece la violencia como una demostración de la imposibilidad de mantenerse al margen. Constatamos, al ver los cuadros, que somos parte del entramado de la paranoia, de la demencia colectiva y el enajenamiento; pues, pretendemos, no pertenecer al entorno y no admitimos –lo peor es que no admitimos–, que somos parte de la realidad representada ante y con nuestros ojos.

Abundan datos, relatos, discursos, explicaciones, pero la realidad persiste. En un proceso extremo la humanidad se desconfigura, pierde sentido, cobra vigencia la figura humana deformada, esos emplastos de pintura para llenar la memoria, esos rayones para reescribir la historia, para recuperar la ternura, para conciliar el sueño, para desaforar las emociones y dar libre rienda a los abrazos, al llanto.

Pintura que expresa la ira, la impotencia, que procesa el sinsentido, que se niega a doblegarse ante la pedagogía de la violencia. Porque no es una violencia ritual, ni siquiera es la violencia asignada por los dioses a cada uno por impíos, por descreídos. Es una violencia que decapita (no solo en sentido figurado) a la sociedad, que nos deja inermes y desprotegidos tanto por el lado de la violencia delincuencial como por parte de la violencia de los aparatos represivos. Esa difuminación de los campos está representada en la elusiva realidad que nos presentan los dos artistas.

Hasta cuándo nos vamos a mantener en silencio, hasta cuándo nos van a cercenar las utopías, hasta cuándo deberemos reprimir la versión más creativa de la humanidad. Es tiempo de abrir los ojos; admitir nuestra derrota; es tiempo de abrirlos para constatar que las nubes hace rato dejaron de transportar pájaros y cartas y ahora las surcan raudos drones que descargan sus perdigones líquidos convirtiéndonos en estatuas de sal, en acertijos a medio descifrar

Es el tiempo de la poética del horror, de la esperanza al borde del precipicio; eso explica los trazos febriles, llenos de pintura y de deseo, como para reencontrar la vida, el placer de borronear esta falsa historia, esta historieta mal diseñada por los calculistas del hambre, por los pregoneros del fracaso y de la debacle, por los usureros dueños de las fábricas de drones, armas, monedas con las cuales se combate a la vida, se adormece la conciencia, se domestica la pasión.

En los dos artistas se puede encontrar: el intento de recuperar la figura humana; las pinceladas violentas; la intensidad emocional; el uso agresivo del color; las deformaciones expresivas para dotar a sus obras de contenido político y existencial. La textura, el relieve, el material son protagonistas de la exposición mientras el contexto explica la intencionalidad de la muestra.

Quien busque un rostro, una figura, su idealizada concepción del ser humano se defraudará porque solo existe un intento de construir, a rudos golpes, lo que queda del ser humano. La ausencia, esos rostros difuminados por el fósforo blanco, la violencia de los militares para demostrar su poder sobre los cuerpos de mujeres, adolescentes y niños hace patente su formación bestializada; la difuminada pobreza de Las Malvinas o la concienzuda demolición de Palestina se filtran desde nuestro interior para complementar las imágenes que captamos como espectadores de esta muestra.

Solo somos actores de reparto en un teatro de operaciones que proyecta el futuro únicamente calculando el usufructo. Dementes y hostiles especuladores inmobiliarios, sionistas y tiranuelos definen el escenario, las víctimas son arrumadas en sitios para el sacrificio, para su exterminación sostenida, violenta, implacable. 

Este es el tiempo en el que la realidad nos constriñe contra nuestro miedo.

 

Pablo Yépez Maldonado

Quito, 3 de junio 2026

Centro Cultural Benjamín Carrión.