El arte bajo los signos de la barbarie…
Llueven cadáveres…
Las imágenes se descuelgan
furiosas de las pantallas. Es la estética del terror, los reporteros insisten
en que, el contenido de sus notas, es delicado. La expectativa crece. Toda la
maquinaria, el espectáculo del circo romano, ahora ampliado hacia los
dormitorios y salas de los hogares, da comienzo.
En el país llueven
cadáveres, es un carnaval de cuerpos mostrados como cifras, como hechos, como
víctimas colaterales, en el mejor de los casos, o como resultado de condiciones
estructurales en un país, en un planeta en el que la muerte, el genocidio, la
barbarie es una constante.
Llueve en este país
llueven fragmentos de
sueños, corazones desprovistos del fuego
pura nostalgia de la vida
llueven silencios
proyectiles en busca del
caos
del vacío
llueven días y cifras y
reporteros
llueve una delicada
sensación de desamparo
La mortecina luz de la
lluvia cabalga hasta empaparnos
en este país de volcanes y desmemoria.
Y entonces aparece el arte y
se convocan los artistas, con esa mala costumbre de rebelarse en contra de la
realidad, esa apasionada manera de construir contornos con luz o con pintura,
con líneas que se extralimitan en el entorno y conspiran contra la paranoia. En esta sala del Centro Cultural Benjamín
Carrión se presentan dos formas de ver la realidad, la ausencia, el vacío, la
angustia y la imposibilidad de restañar, de componer, de reconstruir; pero,
sobre todo, la imposibilidad de seguir en silencio mientras los sueños saltan
por aires despanzurrados por la estulticia, la codicia y la incapacidad.
En suma, asistimos a la exploración de las ausencias y desapariciones
desde la sugestiva difuminación de los rostros en esa realidad informe que nos
consume y nos regurgita; y, a una mirada descarnada sobre el entorno cultural y
social en el que acontece la violencia como una demostración de la
imposibilidad de mantenerse al margen. Constatamos, al ver los cuadros, que
somos parte del entramado de la paranoia, de la demencia colectiva y el
enajenamiento; pues, pretendemos, no pertenecer al entorno y no admitimos –lo peor
es que no admitimos–, que somos parte de la realidad representada ante y con
nuestros ojos.
Abundan datos, relatos, discursos, explicaciones, pero la realidad persiste. En un proceso extremo la humanidad se desconfigura, pierde sentido, cobra vigencia la figura humana deformada, esos emplastos de pintura para llenar la memoria, esos rayones para reescribir la historia, para recuperar la ternura, para conciliar el sueño, para desaforar las emociones y dar libre rienda a los abrazos, al llanto.
Pintura que expresa la ira, la impotencia, que procesa el
sinsentido, que se niega a doblegarse ante la pedagogía de la violencia. Porque
no es una violencia ritual, ni siquiera es la violencia asignada por los dioses
a cada uno por impíos, por descreídos. Es una violencia que decapita (no solo
en sentido figurado) a la sociedad, que nos deja inermes y desprotegidos tanto
por el lado de la violencia delincuencial como por parte de la violencia de los
aparatos represivos. Esa difuminación de los campos está representada en la elusiva
realidad que nos presentan los dos artistas.
Hasta cuándo nos vamos a mantener en silencio, hasta cuándo
nos van a cercenar las utopías, hasta cuándo deberemos reprimir la versión más
creativa de la humanidad. Es tiempo de
abrir los ojos; admitir nuestra derrota; es tiempo de abrirlos para constatar
que las nubes hace rato dejaron de transportar pájaros y cartas y ahora las
surcan raudos drones que descargan sus perdigones líquidos convirtiéndonos en
estatuas de sal, en acertijos a medio descifrar…
Es el tiempo de la poética del horror, de la
esperanza al borde del precipicio; eso explica los trazos febriles, llenos de
pintura y de deseo, como para reencontrar la vida, el placer de borronear esta
falsa historia, esta historieta mal diseñada por los calculistas del hambre,
por los pregoneros del fracaso y de la debacle, por los usureros dueños de las
fábricas de drones, armas, monedas con las cuales se combate a la vida, se
adormece la conciencia, se domestica la pasión.
En los dos artistas se puede encontrar: el
intento de recuperar la figura humana; las pinceladas violentas; la
intensidad emocional; el uso agresivo del color; las deformaciones expresivas
para dotar a sus obras de contenido político y existencial. La textura, el
relieve, el material son protagonistas de la exposición mientras el contexto
explica la intencionalidad de la muestra.
Quien busque un rostro, una figura, su idealizada concepción
del ser humano se defraudará porque solo existe un intento de construir, a
rudos golpes, lo que queda del ser humano. La ausencia, esos rostros
difuminados por el fósforo blanco, la violencia de los militares para demostrar
su poder sobre los cuerpos de mujeres, adolescentes y niños hace patente su
formación bestializada; la difuminada pobreza de Las Malvinas o la concienzuda
demolición de Palestina se filtran desde nuestro interior para complementar las
imágenes que captamos como espectadores de esta muestra.
Solo somos actores de reparto en un teatro de operaciones que proyecta el futuro únicamente calculando el usufructo. Dementes y hostiles especuladores inmobiliarios, sionistas y tiranuelos definen el escenario, las víctimas son arrumadas en sitios para el sacrificio, para su exterminación sostenida, violenta, implacable.
Este es el tiempo en el que la realidad nos constriñe
contra nuestro miedo.
Pablo Yépez Maldonado
Quito, 3 de junio 2026
Centro Cultural Benjamín Carrión.