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jueves, mayo 19, 2011

El taller literario:

ESPACIO PARA CREAR OTRA REALIDAD





Escribir no es una fantasía, es una necesidad primaria; es una forma de comunicación y para ello se escribe sobre la piel de las piedras al igual que sobre la coraza de las tortugas o en la trama del papiro o a través de los hilos multicolores y disímiles de los kipus, o se expresan el silencio y el asombro en los cuerpos mediante diversas líneas que representan animales sagrados; y se convoca a los espíritus y se redescubre que la vida tiene continuidad y los ciclos se repiten y que a la vez se fracturan, que los mitos no son aquellos que heredamos de los griegos o romanos sino que subyacen en nuestras máscaras y en nuestras fiestas, en nuestra manera tan ecuatoriana de enfrentar el destino embarcándonos en frágiles canoas a redescubrir aquello que ya habíamos inventado.

Pero cuando la escritura se vuelve pasión se convierte en el giroscopio que nos instala como viajeros en dos naves distintas: el tiempo y el espacio. Y logramos articular el espacio y conseguimos romper el tiempo para construir y demostrar que la vida sigue y está, y nos acecha con su temeraria cantidad de posibilidades, a las cuales, de manera constante y casi maquinal negamos. Entonces vivimos la literatura porque logra construir aquellos escenarios que soñamos y atravesamos las situaciones que alguna vez imaginamos. Si esto es así, y parece ser que se repite en el tiempo como una constante, ¿cuál es la función de los talleres literarios?; ¿qué los diferencia de los grupos de literatos que de una u otra manera se han formado casi siempre alrededor de la tarea de escribir?

Los talleres literarios surgen en nuestro país en la década de los ochenta, con la llegada de Miguel Donoso y su trabajo en la Casa de la Cultura con una metodología aprendida y a medias inventada en México; en esa década se crearon muchos talleres literarios, en muchas ciudades y con diversos nombres, no voy a repetir la historia para no cansarles (solamente déjenme decirles que los talleres hicieron su aparición conjuntamente con las guayuserías, que en el país mandaba Febres Cordero y en las calles se respiraba el olor recién inaugurado de los desaparecidos y los muertos por la ley de fuga; los AVC fueron masacrados y eliminados antes de la víspera mientras el que “nunca se ahueva”, según dijo en alguna de sus últimas alocusiones lloraba y orinaba en el pantalón ante los comandos de Taura); de esos talleres surgieron muchos escritores y escritoras que ahora facturan su fama bien ganada y su pose de poetas de élite.

Aparentemente, en esa década en la cual la política se condensó; los nuevos aires que insufló el triunfo de la Revolución Sandinista frente al sátrapa y asesino de Anastasio Somosa; las guerra de liberación sostenidas en El Salvador y Guatemala fundamentalmente; los iniciales intentos de unir la izquierda en este país para hacer frente a la oligarquía insaciable; la cercanía con grupos guerrilleros de diversa índole como las FARC, el EPL, el M19 y el ELN en Colombia o Sendero Luminoso y el MRTA en el Perú pueden dar una idea de la efervecencia revolucionaria en América Latina; pero a la vez sufríamos las dictaduras de los Figueiredo, Bordaberry, Pinochet, Videla-Viola-Galtieri, Stroessner en el Cono Sur; los Bánzer-García Meza; los Velasco Alvarado-Morales Bermúdez, en la región andina para finalmente mirar entre fascinados y sorprendidos el derrumbe del muro de Berlín y el desmembramiento de la URSS para dar paso a la posmodernidad, la supuesta muerte de las ideologías y el fin de la historia como cantos triunfales del capitalismo sobre la humanidad.

Los talleres literarios formaban parte de toda esa batalla; estaban inmersos en el debate ideológico político para definir el futuro y, fundamentalmente determinar el papel de los escritores y de los intelectuales en general sobre ese vasto campo de batalla que era América Latina. ¿Por qué no nos alineamos con las diversas, distintas y a veces hasta contradictorias tendencias de la izquierda? Porque las revoluciones no solamente se definen en el campo de lo político-militar; demarcan y definen sus tendencias en el campo ideológico-político y ese espacio nos constituyó, nos definió, nos marcó y nos diferenció. No pretendíamos erigirnos en los escritores oficiales de los diversos partidos; queríamos una transformación más profunda para evitar caer en la amarga derrota que constituye el ejercicio del poder encumbrados en las esferas oficiales de los escritores consagrados. Nuestra propuesta era (¡es!) más ambiciosa. Romper la clásica división entre los creadores y los consumidores, entre los escritores sensibles y profesionales y el común de la gente. Queríamos (¡queremos!) transformar la literatura y el arte en general en una dimensión más de la cotidianidad, convirtiendo al ser humano en un ser creativo, sensible, crítico; capaz de elaborar sus más altas fantasías. No pretendíamos derribar viejos iconos para encumbrarnos sobre las ruinas de sus pedestales; no queríamos (¡ni queremos!) ser parte del panteón de los ungidos. ¡La imaginación contra todo tipo de poder! Y, nos propusimos crear, no uno ni dos ni tres Vietnams; para encender la chispa que incendiara la pradera; el Che Guevara pasó a ser parte del folklore de la izquierda veleidosa y objeto de consumo que desdibujó su propuesta de generación del “hombre nuevo”. Con la institucionalización y posterior derrota de la Revolución Sandinista se demostró, y de qué manera, que el poder corrompe; que es más fácil derrotar a los revolucionarios encumbrados en el poder que en medio de un campo de batalla. No de otra manera se puede explicar la debacle de ese esperpento de socialismo que para llamarlo de alguna manera se denominó “socialismo real”, para esconder la arbitrariedad y la falta de imaginación de una burocracia que hizo, de los sueños de la humanidad, un instrumento para obtener prebendas y usufructuar de las delicias del poder.

Por eso, quienes fundamos y creamos el Taller de Literatura Matapiojo, apartándonos del clásico taller con un coordinador que nos ejercite en el duro oficio literario optamos por la coordinación colectiva para demostrar que es posible descubrir, inventar, retomar, irrumpir, cuestionar, maravillar, sorprender desde la intuición y la pasión, desde la vocación inclaudicable de evitar las consagraciones y repeler de manera instintiva el aroma de los consagrados (fundamentalmente de aquellos que han trabajado de manera persistente para hacerse un nombre, a pesar de su mediocridad, aupados por el oportunismo y la manifiesta cultura del veddetismo en nuestra comarquiana esfera literaria).

Paradoja de las paradojas, en la década de los noventa la metodología de taller fue apropiada por aquel entonces por ciertos jóvenes que pusieron e hicieron de ese espacio una especie de círculo de iniciados y de club de fans para adorar la literatura y dar al país el premio Nóbel, Nadal, Herralde, Planeta, Copa Libertadores... en fin cualquier premio para que adquiriese talla universal; pero como verán, tampoco se dio a pesar de todos los intentos por denominarse poetas “feto”, “probeta”, “generación post desencanto”, de cualquier manera la etiqueta no les ayudó mucho a proyectarse en el mercado a los nuevos escritores y escritoras.

Y entonces, luego de este cortísimo viaje estamos de nuevo al comienzo, claro que han pasado ya 10 presidentes (sin contar un triunvirato y una presidenta) –es decir a un promedio de 2 años por período presidencial-; tres constituciones y una sola realidad verdadera, una revolución ciudadana, un puñado de forajidos satisfechos, millones de migrantes que se marcharon en busca del dorado, más o menos 6.000 millones de dólares entregados a los banqueros que están en Miami y otros paraísos del mundo. En fin que esta historia ya la conocen y no me voy a preocupar de recordársela. Total que estamos al comienzo, es decir con una nueva camada de escritoras y escritores, poetas y narradores y narradoras; pero, cuál es la punta que une el comienzo con el final, mágica serpiente ouroboros, que se recrea toda a partir de sí misma.

Un taller no es la reunión de amigos para definir al poeta más sensible, sublime o estratosférico, no es la camarilla de agitadores conspirando contra la academia y las buenas costumbres, no es la secta que elabora el canon y eleva al partenón a los ungidos con la victoria de algún juego floral, no es el grupo de bohemios que deambula en búsqueda de fantasmas ni las interminables discusiones filosofales que no conducen sino a la necesidad de un próximo reencuentro para seguir hurgando bajo la piel hasta despellejarse, tampoco es el sitio de los elegidos por algún dios dador de dones y virtudes –y alguno que otro pecadillo-, para desflorar la vida.

Un taller, creo yo, es un grupo de comunes y corrientes personas sensibles, que trabajan textos a partir del material dado, es decir porfiados constructores de un nuevo e inacabado hipertexto a partir de un palimpsesto que a la vez se constituirá en otro de los tantos y tantos trillones de textos que se acumularán en el espacio para devenir reflexiones, en esa otra nave, que es el tiempo. Clarísimo. O, trataré de entenderme yo mismo, un taller es la reunión de ciertos ingenuos que pretenden escribir otra realidad porque la que existe no es lo suficientemente compleja ni tiene la capacidad de abarcar tantos sueños. O un taller, puede ser, la reunión de doce discípulos con el maestro como eje central para que recorran el camino de la vida, lo llamen el enviado y posteriormente le saquen los ojos, renieguen de él y lo hagan papilla.

Bueno todo eso y mucho más es un taller, es la construcción paciente de textos que puedan comunicar aquello que de manera habitual no podemos hacerlo; para ello nos hacemos de las únicas herramientas que tenemos a mano: la palabra, la sensibilidad, la crítica, la observación, la realidad, el terror, el humor, la ironía, la soledad, la historia, el desarraigo, la imaginación, los sueños, la ingenuidad, el erotismo, el miedo, los colores, el silencio, la literatura, la incertidumbre, la filosofía, la física, las precariedades económicas, las miradas entre compasivas y admiradas de los parientes –en especial de los respectivos compañeros o compañeras cuando se llega a la casa después de trabajar en el taller y decir, entre orgulloso y avergonzado, esto es lo que hice y se saca una miserable hoja de papel con múltiples tachones y dibujos realizados por el resto de compañeros-; además usamos la sombra, los sonidos, la arquitectura, el agua, el aura, los mitos, la medicina.

Tenemos la posibilidad de reinventar el mundo sin necesidad de cobrar nada por ello, y eso nos recrea y nos reconstruye y nos encara y nos eleva o nos envía al abismo, pero siempre de frente hacia lo que constituye nuestra pasión, los textos, la imaginación; la valoración de uno frente a lo que se puede hacer con uno mismo. Porque el taller no es una fábrica de escritores es un trabajo de grupo donde se aprende a escribir con paciencia y pasión, con terquedad para adquirir cierta seguridad, y comprender que la narrativa no es el catálogo de los buenos escritores, que la poesía no es un decálogo para fabricar imágenes y, que la literatura, no es un fin en sí misma, es un medio para ser, hacernos y deshacernos.

La propuesta fundamental de un taller de literatura es (o debería ser) socializar los medios de creación, dar a conocer las técnicas que nos permiten crear para dar por terminada la división entre el arte y la vida. Esa fue una de las propuestas que surgieron hace ya más de dos décadas y creemos que hasta ahora mantiene su vigencia. Hacer de la literatura el ejercicio que nos posibilite romper y desprogramar nuestra rutina para asumirnos en nuestra condición humana. Nunca el taller como espacio de reproducción de vedettes, nunca el taller como factoría de profesionales de la palabra; el taller como espacio de crítica colectiva y de militancia sensible con la vida.

Eso es un taller o así al menos lo hemos concebido, inventado, soñado y recreado en estos años. Al leer los textos de nuevos poetas, narradores y narradoras ustedes sabrán juzgar si se ha conseguido el objetivo, y los que participaron en todo el proceso podrán dar testimonio si les permitió comprender la vida de otra manera porque la literatura al igual que la ciencia da cuenta de la realidad; pero, la literatura, al contrario de la ciencia, tiene la ventaja de poder crear otras realidades, otros tiempos y otros espacios, y, a la vez recrearnos como seres humanos sensibles, asombrados, creativos y críticos; soñantes y soñados, cuestionadores, suscitadores, lúdicos...

viernes, septiembre 28, 2007

ENTRE BAKUNIN Y JACKELINE EN BLUE JEANS...

Recordando a Marco Antonio Núñez Duque
(Quito 1967-1988)

Por: Diego Velasco Andrade*


" el público subido en la tarima
los poetas en los asientos
los poetas piden autógrafos al público
el público declama los poemas

los poetas aplauden..."

Marco Núñez Duque









Poner de cabeza al mundo, a un mundo que independientemente de nuestra conciencia, ya vive de cabeza, quizás esa fue la constante de Marco Núñez Duque, en sus textos y en su vida; porque su vida y literatura fueron inseparables, como su poesía de la cuántica, o su teoría de la relatividad de la utopía...

Y poner de cabeza a su propia cabeza, aquejada de una lúcida esquizofrenia; de una utopía galopante sin lugar y sin nadas, sin coordenadas: ésa fue también su batalla; poner de cabeza a un mundo razonante y "razonable", desnudando a Marx de su racionalidad ortodoxa y también a sus cuerdos revolucionarios criollos, para dejar que el ácrata Bakunín saliera de su tumba a hacer el amor, con la despostillada Jackeline de su obra póstuma "Entre Bakunin y Jackeline en blue jean..." (Colección matapiOjO 1989).

Y así, poniendo de cabeza aquel mundo, que "ni él mismo se creía", Marco Núñez pudo sacar la lengua al poder y empezar a inaugurar en su cabeza, un otro orden más tierno, pro "imaginante", hecho de azares, pretextos y ucronías; poblado de escuadras espirales y de físicas sin volante; ese mundo marciano y antipoético : "Sin novedad en la frente", donde "la ortografía es una mandarina", como ya lo dijeran otros locos en el París del sesenta y ocho, que Marco tanto admiraba.

Y, quién sino Marco Núñez Duque, para cuestionar el poder desde la antipoesía, cuestionarlo sin que el mismísimo poder se diera cuenta, "cuando nos tomemos el poder nadie se dará cuenta", decía...; así que ¡a cuestionarlo desde el anonimato¡ y a emprender en el proyecto de su novela siempre inconclusa que parodiaba a la de Jorge Dije Agú…; cuestionarlo a dentelladas y centellas, a zanahoriasos y rebanadas de queso, a hachazos sin ache. Quién sino Marco Núñez Duque "el cuerdo de remate", el superhéroe en calzoncillos del matapiOjO; y, para sus amigos de la juventud comunista, alias el ''autocomandante'' Baku...

Eran los 80: ¿la década perdida?; entre leones y borgistas, entre chinos y camarones, entre radicales y revisionistas, unos cuantos locos se estrellaban cual mariposas contra las luces y barrotes de la oligarquía; la utopía se pintaba roja en los muros y se recogía cenicienta en las cuevas de los torturadores. Una generación trunca entre el Che, Alfaro y Jarrín era vigilada bajo la lupa de la ''inteligentzia'' (militar). La fría lógica del poder mezclaba en un solo saco a mendigos, poetas o guerrilleros, y los lanzaba sin más a las gélidas aguas de una laguna o los enterraba a los pies de un árbol de puma-maqui ; y andar como Marco o Baku, repartiendo volantes y recitando poemas y cuentos incoherentes, con pasamontañas y pañuelo rojo, era "sospechoso", obviamente "subversivo", ya lo habían advertido en la víspera, los viejos robles del león (el ministro Robles) y los tordos buitres oficiales ("el torvo gorday")...

Marco Núñez Duque llega un viernes de 1985 a la biblioteca de El Ejido y se fascina con el descubrimiento de un clan utópico interesado en eliminar al insecto que se reproduce en la calva de la pobreza (¡matapiOjO vive, espantajos¡). Viene de enredar a la física cuántica con la teoría de la relatividad en una aventura politécnica frustrada; viene sin saber cómo diseccionar un texto, ni especular sobre paradigmas y sintagmas... ; mas, él se ilumina con la utopía de "socializar los medios de producción literaria"; con reproducir el taller en núcleos de niños, jóvenes y ancianos ; con distribuir entre las más amplias masas, la chistera del mago, el muro descascarado y los cadáveres exquisitos: ese ''surrealismo a la criolla'', con que Nicanor Parra, nos había hecho "ensoñar"...

Venía de egresar del colegio Juan Montalvo; de lanzar granadas gaseosas a los "chapas" en la indoamérica; de recibir una esquirla en la pierna, como su mejor medalla de cuasi guerrillero adolescente; venía también buscando un amor... un amor que pudiese calmar todas sus ganas de amar... ; mas, solo encontró un amor colectivo, un amor de grupo; y entonces el gato félix, pablinsky, edwin, makarios, walter y susana, y luego vitorius, paco benavides, gorter, el fabianus, los lulupos: leopoldo tobar y alfredo pérez y cómo no: jackeline, magdalena, ruth, silvia, aleyda y soledad… fueron los musos y las mesas, los mozos y las misas de sus textos de cabeza ; de esos collages equilibristas, mezcla de filosofía anarquista, geometría analítica, física cuántica, patafísica pura y sobretodo, gran soledad...

Y así, Marco Núñez Duque, decidió ser un matapiOjO dispuesto a imaginar contra el poder, un "escarabajo utópico" que se burlaba de la muerte tecleando a contraluz de su padre (viejo empleado del basurero municipal) sobre una vieja máquina colegial ; dibujando una hoz y un martillo en su premonitorio "Fusilamiento maquinado". Marco era una liebre antidemocrática jugando en ''La cueva de Zoonderet"; un Romeo cuántico haciéndole el amor a la Física sobre un plano inclinado.... Hasta que, un 13 de abril de l988, tras su "peligrosísimo seguimiento y captura" por la CIA, KGB y el SIC reunidos, nuestro inefable "autocomandante" desaparece, y solo aparece días después, flotando en las turbias aguas del Machángara.

***
Hoy, a casi veinte años de su muerte, vuelven a cabalgar sobre las hierbas de El Ejido, su superhéroe en calzoncillos: Bakunin y también Jackeline: su rota Dulcinea en blue jeans... ; son la peor ofrenda para cualquier cineasta que no desee ser famoso con su historia abducida, ni convertirlo en una tierna leyenda de la década perdida: los 80; una historia de superhéroes de carne y hueso como la de aquellos cientos de fantasmas de muertos, torturados y desparecidos, que aún no terminan bien de recoger sus pisadas...



Física: Otra vez tendré que acostarme contigo...
Marco Núñez Duque


En los bailes, la distancia de las parejas es directamente proporcional a1 ritmo de la música. ¿quién baila con más velocidad : una tortuga o una pareja de enamorados?

Sin demora contesta Alexandra: la tortuga. Respondo así: la distancia de los enamorados es directamente proporcional su velocidad, por lo tanto si la distancia tiende a cero, la velocidad también; de ello se deduce que la tortuga baila con más velocidad.

Entonces Física, tomas la forma de una chica de ojos color ultravioleta, cabello de vidrio fusible, tu pecho en forma de representación espacio - tiempo, pasas la lengua por tus labios infrarrojos, dices: lo que hablas es bellísimo; hacemos el amor con movimiento armónico simple, recostados en las páginas del texto; al terminar te acaricio, hablo suavemente de la teoría de la relatividad y tú, excitada, muerdes mis labios y respondes con cálculo los cables y en cortocircuito salgo con la longitud de onda de un cuantum.

Voy donde Alexandra y le digo: "sabes que desde que te vi me gustaste y quisiera ..."; ella responde: "no puede ser, eres un politécnico y yo soy humana; mientras tú calculas la cantidad de movimiento del bus urbano, un chico normal me besa apasionadamente”; en vez de acariciarme dirías: "salió el problema 250 libros/segundo". Entonces, le lanzo mi indiferencia de rayos catódicos. Te encuentro desnuda... recostada en el plano inclinado..., otra vez tendré que acostarme contigo.


*Escritor y miembro fundador del matapiOjO en el Quito de los 80, junto a Pablo Yépez, Hernán Hermosa y Makarios Oviedo. Actualmente es miembro del grupo K-Oz, y dirige los Talleres de Literatura de la CCE.